LAS FALACIAS DEL NEOLIBERALISMO y la emergencia de los Derechos Humanos
ALBERTO MONCADA

 

INDICE

1. INTRODUCCION
2. LA LUCHA CONTRA EL DESARROLLISMO AUTÓCTONO
3. FORMAS DE SATISFACES LAS NECESIDADES PÚBLICAS
3.1 TRANSPORTE PRIVADO
3.2 LA SALUD
3.3 LA EDUCACIÓN
3.4 LA DESREGULACIÓN
3.5 LA PRIVATIZACIÓN
4. LA LUCHA IDEOLÓGICA
5. LA ALTERNATIVA
5.1 LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS
5.2 LA RECUPERACIÓN DE LA CIUDADANÍA

 

1. INTRODUCCIÓN

¿Cómo es posible que un sistema económico que beneficia apenas al diez por ciento de la población pueda ser aceptado por el conjunto de los ciudadanos?

¿Cómo es posible que economistas de reconocida capacidad profesional lo defiendan acríticamente, incluso ahora cuando ya existe una reacción internacional contra él, traducida a transformaciones políticas en países antaño dominados por el neoliberalismo?

El neoliberalismo es la última y más extremosa versión del capitalismo, puesta en marcha a partir de los gobiernos de Margareth Tatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos aprovechando el beneficio adicional del colapso del sistema comunista. Esta última versión se acentúa hoy con la globalización.

La globalización es el tercer capítulo de la historia del capitalismo. El primero fue el capitalismo de Estado, el colonialismo, ejercido por Estados poderosos sobre otros más débiles, para apoderarse de sus riquezas y controlar su actividad, generalmente mediante el uso de la fuerza. Es el caso de España con América, de Inglaterra con la India o de Bélgica con el Congo. El segundo capítulo lo constituye la protección de los Estados a las empresas de sus países. Estados Unidos manda su Ejército a proteger los intereses de la United Fruits en Centroamérica, dando origen a la expresión “repúblicas bananeras”. De otra manera, está en el origen del golpe militar en Chile y siempre, en torno al petróleo, con la crisis permanente del Oriente Medio. En el tercer capítulo, los protagonistas son las empresas multinacionales que gozan de la protección del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y, especialmente, del Tratado Mundial de Comercio, para prevalecer sobre los intereses de los Estados en los que van asentándose. Este capítulo representa el momento de más amplia libertad del capital no ya para franquear las fronteras sino para imponerse a los países cuyas leyes laborales y ambientales vulneran. Esa libertad permite un entramado organizativo que va desde la extraterritorialidad fiscal a la creación de paraísos en los que esconder su dinero, pasando por la sobrevaloración del sector financiero y, siempre, por la explotación de los países que recorren.

En la globalización hay un poder económico predominante, las empresas multinacionales y dos poderes políticos, uno el constituido por esas tres entidades, de escaso carácter democrático, a favor de las empresas y otro, la ONU, cada vez más débil, objeto del antagonismo e incluso del desprecio de los Estados Unidos, como prueba el episodio de Irak. La ONU, depositaria de un poder legal internacional que le permitiría ejercer de policía mundial y equilibrador de riqueza, con entidades como UNICEF y otras, carece de medios y de legitimación real para ejercer esas funciones y asiste, prácticamente inerme, al creciente proceso de deterioro y desigualdad de la población y el habitat mundial.

Es importante recordar como el neoliberalismo ha torcido la intención de los legisladores internacionales al diseñar los organismos mundiales a que me refiero. Al terminar la segunda guerra mundial, los asistentes a la reunión de Bretón Woods de 1944 planeaban crear un nuevo orden económico mundial que impidieran tanto la catástrofe de la Depresión del 29 como la reacción fascista que produjo en Europa. El Banco Monetario Internacional y el Banco Mundial, financiados por las contribuciones de sus iniciales cuarenta y tres países miembros, recibieron el mandato explícito de impedir esas catástrofes. El Banco Mundial financiaría el desarrollo de los países pobres y el Fondo absorbería los desequilibrios temporales producidos por la especulación y la volatilidad de los mercados internacionales. Las dos instituciones se domiciliaron en Washington, la una enfrente de la otra en la misma calle y John Maynard Keynes, que presidió la delegación inglesa, después de reafirmar los peligros políticos de dejar que los mercados se autorregulen, concluyó que si las instituciones creadas permanecían fieles a sus principios fundacionales, la hermandad universal entre los hombres podría ser algo más que una frase.

Pero los organismos dieron pronto señales de que no iban a ser fieles a su cometido sino todo lo contrario. Para comenzar no eran organismos democráticos, como no lo es el Tratado Mundial de Comercio, la tercera pieza que se agregó al sistema. Sus decisiones no se toman por mayoría de votos de los países sino por su importancia económica de modo que Estados Unidos ejerce la supremacía, seguido por los países europeos y Japón.

La colonización de los dos organismos por alumnos de la Escuela de Economía de Chicago, cuyo apóstol fue Milton Friedman, se tradujo finalmente en un documento llamado el Consenso de Washington, presentado por John Williamson en 1989, que debería recoger presuntamente las bases mínimas de la salud económica mundial. Estas bases, calificadas de puramente técnicas, no eran sino una vuelta al capitalismo más elemental y afirman que las empresas públicas deben ser privatizadas y abolidas las limitaciones a la libertad de movimientos internacionales del capital.

El resultado ha sido el aumento de la desigualdad. El informe del año 2005 del Population Reference Bureau documenta, entre otros datos sobre carencias comparadas, que la mitad de la población mundial vive con menos de dos euros al día y que la desigualdad básica sigue creciendo. La desigualdad no es solo Norte Sur. En Estados Unidos hay 48 millones de habitantes sin seguro de enfermedad. Pero es en el Sur donde la desigualdad y las carencias crecen El Sida africano crece tanto  por la avaricia de las compañías farmacéuticas como la debilidad de los sistemas sanitarios.  Persiste la terrible cifra de cinco millones de niños que mueren al año por carecer de acceso al agua potable, por la malaria.

Y en cuanto al deterioro del medio causados por las prepotencias multinacionales, los casos abundan. De unos años a esta parte se suceden los casos de catástrofes marítimas que prueban la ausencia de una inspección internacional sobre el tráfico de buques. La reciente película de Giorgio Di Caprio, Diamantes de sangre, pone de relieve como el contrabando de gemas, alentado por las firmas especializadas, sirve para fomentar la inestabilidad política de los países productores.

Mientras tanto las guerras, unas veces por motivos prácticos, como la protección de los intereses petrolíferos y otras, como  la de Irak, con el resultado añadido de la creación de un enemigo internacional, el terrorismo, como en su día fue el comunismo, ocultan a la atención mundial esas carencias y desigualdades y siguen favoreciendo el mantenimiento de una industria militar, cuya versión americana permite considerar a los Estados Unidos como el apéndice militar del nuevo poder económico global.

Pero el neoliberalismo es dogmático y la sustancia de su dogma es la   sabia e inexorable racionalidad del mercado. Ello no es sino un subterfugio para llamar al capitalismo de otra manera como si el mercado fuera libre y no estuviera dominado por los más poderosos, duchos en fraudes y chapuzas, especialmente financieros y fiscales. Thomas Frank, en su reciente libro: “One Market under God” (Doubleday, 2000) ha explicado con sagacidad las falacias de esa explicación que muchos economistas y no pocos sociólogos se tragan con cierta facilidad aunque sea básicamente pueril. El modelo se basa en el principio del “trickle down”, significando que los gobiernos deben dar dinero y libertades a los ricos que, de alguna manera “misteriosa”, Frank habla de la teología del mercado, terminarán llegando a los pobres. Pero el asunto no es tanto criticar al neoliberalismo porque aumenta las desigualdades, mantiene e incluso acrecienta las grandes carencias de tantos habitantes del planeta y destruye el medio ambiente. La cuestión principal es revisar de que manera el neoliberalismo se ha enfrentado con la organización de la economía, la satisfacción de las necesidades humanas en el largo período de su vigencia, como sus protagonistas principales, en las empresas multinacionales y en los gobiernos han tejido una tupida red de corrupción para que las ayudas internacionales no hayan beneficiado al desarrollo de los países y hayan acabado mayoritariamente en bolsillos poco escrupulosos. Y, sobre todo, por qué la mayoría de los ciudadanos no reacciona, o lo hacen de forma débil contra un sistema que les perjudica.

2. LA LUCHA CONTRA EL DESARROLLISMO AUTÓCTONO

EL clima político que se vivía en el mundo tras la segunda guerra mundial empujaba a los ciudadanos y a los gobiernos que éstos elegían, a garantizar un sistema de capitalismo “decente”, con unos mínimos de bienestar que impidieran a los pueblos buscar ideologías extremas, el fascismo, el comunismo, que los garantizaran. De ahí nacieron la seguridad social, la atención sanitaria pública, la protección de los trabajadores, la escolaridad obligatoria y gratuita, capítulos de lo que se conoce con el nombre de Estado bienestar, basado en un sistema progresista de impuestos y en la creación de un sector público responsable de proporcionar servicios.

La versión latinoamericana del Estado bienestar, el desarrollismo, tendría por fuerza que empezar antes por crear más riqueza, nacionalizar el ahorro y organizar la Administración pública, escasamente visible en tantos países donde la policía, la administración de la justicia, los órganos reguladores de la industria y el comercio o no existían o eran muy precarios.  El desarrollismo comenzó en el Cono Sur de América Latina, bajo los auspicios de la Comisión Económica para América Latina, dependiente de las Naciones Unidas y dirigido desde 1950 a 1963 por el prestigioso economista chileno Raul Prebisch quien, como Friedman en Chicago, pero en sentido diametralmente contrario, formó a economistas para que asesoraran al desarrollo de los países. La estrategia era muy sencilla pero contradecía lo que hasta entonces estaba ocurriendo en esa zona donde el capital, principalmente americano, ayudado eventualmente por el Ejército, se enseñoreaba de las economías de lo que los americanos llamaban su “patrio trasero”. Durante el período desarrollista, los países que fueron asesorados por las gentes de Prebisch lograron ir pareciéndose a Europa y, especialmente, pusieron en práctica una política industrial auctóctona  para sustituir a las importaciones.

El éxito del desarrollismo en esos años fue patente. Creció la productividad, se creo una red de infraestructuras y servicios públicos y se produjo la consolidación de una clase media que se sentía orgullosa de su país y empezaba a invertir sus ahorros en él, al contrario de lo que se hacía interiormente, cuando los ricos tenían sus ahorros en Estados Unidos.

Aquel éxito enfadó notoriamente a las empresas extranjeras y aquel enfado puso en marcha una estrategia de destrucción del desarrollismo latinoamericano que Naomí Klein ha explicado brillantemente en su libro “The Shock Doctrine. The Rise of Disaster Capitalism”(Metropolitan Books, 2007).

Los neoliberales no se atrevían a atacar el Estado bienestar europeo y ni siquiera Margaret Thatcher, con todo lo que hizo en ese sentido, fue capaz de asumir la totalidad de la doctrina. Es cierto que en los últimos años y en torno a la creación de la legalidad europea, se han producido notorios avances del neoliberalismo en la zona y críticas a ello, como se ha demostrado en el sinuoso camino de aprobación de la Constitución europea.

Porque Europa, hoy, tiende a imitar a Estados Unidos y si no llega a desmontar el Estado bienestar, concede al mercado un espacio cada vez mayor.

Ello no se entiende sin esa tan americana confusión entre el poder político y el económico que explica tantas cosas de ese país.  Los gobiernos europeos ya dialogan con los empresarios en términos americanos y la prueba de ello es la consolidación en Europa de la institución del “lobby”. El “lobby”, los grupos que las empresas organizan para presionar al Gobierno y al Parlamento, constituyen una institución tan aceptada que su carácter intrínsecamente inmoral apenas es aludido. El “lobby” pretende que las decisiones gubernamentales y parlamentarias beneficien a las empresas que los mantienen y lo consiguen, en unos casos más, en otros menos y a veces apoteósicamente, dependiendo de la debilidad y accesibilidad del gobierno de turno. Washington está plagado de edificios donde tiene su domicilio los “lobbies”. Hay “lobbies” de empresas nacionales y extranjeras, de gobiernos extranjeros, de instituciones sociales, de Universidades y hasta de Iglesias, todos buscando la cercanía y el favor del país más poderoso de la tierra. Con el paso del tiempo se han ido modificando la misión de los “lobbies”. Al principio eran oficinas para presionar, para corromper a los políticos, a los funcionarios con dádivas, viajes, etc. Después fueron convirtiéndose en sus asesores legales al dedicarse los políticos a la pura lucha política y a conseguir dinero para sus campañas electorales, sin tener tiempo ni equipos suficientes para trabajar en sus tareas propias.  Como es sabido, la lucha electoral americana se realiza a base de dinero, sobre todo para financiar campañas de anuncios mediáticos y el dinero se recibe de empresas a las que luego se compensa con favores políticos. Mientras tanto los “lobbies” tienen personal técnico que prepara, por ejemplo, los proyectos de ley para que los legisladores no tengan que hacerlo y de paso, tratan de que el proyecto recoja los intereses de sus empresas patrocinadoras. Ha sido clamoroso el caso de ENRON, la firma que quebró el año 2005, después de una ejecutoria de insolvencia y fraude y que estaba tan cerca de la Casa Blanca que la política energética de Bush fue asesorada por los directivos de la entidad. Uno de los desastres producidos por esa política fue la desregulación de la industria eléctrica, dejada al libre juego del mercado, que hizo subir inmediatamente el precio de la energía con especial efecto en California, que sufrió frecuentes apagones. El personal de los “lobbies” se recluta frecuentemente entre los mismos políticos y funcionarios según la táctica conocida como “revolving door employment”, los empleos de puerta giratoria, unas veces trabajas para las empresas y otras para el Gobierno.

Todo este esquema simbólico de la contumaz compenetración entre poder político y económico está llegando a Europa, con Bruselas y Luxemburgo llenos de “lobbies” pero sin que aún hayan americanizado el tradicional Estado bienestar, definitivamente vigente en la Europa septentrional.

Pero en el “patio trasero” de Estados Unidos, en América Latina, el neoliberalismo podía actuar más contundentemente y lo hizo a partir de la inserción en la doctrina neoliberal de la lucha contra el comunismo y especialmente de su presunta exportación desde la Cuba de Fidel Castro.  La lucha contra el comunismo, convertida en el elemento ideológico que hacía más digerible la doctrinal neoliberal, fue recibida de forma entusiasta por las oligarquías locales que ya tenían, por fin, una forma de reaccionar contra las reclamaciones de los ciudadanos. Tachar de comunista a quien aspiraba a mejores salarios y condiciones de trabajo, a una justicia más comprometida y, especialmente, a los que, en cada país, trataban de rescatar el nacionalismo patrio de su secuestro por las entidades multinacionales era la solución más asequible a quienes no tenían mucho tiempo ni capacidad para disfrazar de otra manera sus intereses. La lucha contra el comunismo se convirtió, paradójicamente, en patriótica, en el seno de los movimientos de extrema derecha, como Patria y Libertad o Patria, Familia y Propiedad que nacieron principalmente en Chile y en Brasil. Pero donde más  calado tuvo la doctrina anticomunista fue en  los Ejércitos, muchos de cuyos jefes eran adoctrinados en la Escuela de las Américas que primero en Panamá y luego en los Estados Unidos, recibía, entrenaba e indoctrinaba a los futuros dictadores del Continente y sus equipos directivos, incluyendo la práctica de torturas y otras fórmulas intimidatorias.

El anticomunismo se fue convirtiendo en la excusa para detener cualquier movimiento de reivindicación latinoamericana y, paradójicamente, en la principal legitimación para derrocar a gobiernos elegidos democráticamente.

El plan para derrocar a movimientos nacionalistas que atentaran contra los intereses de las compañías norteamericanas fue diseñado por los hermanos John Foster Dulles, Secretario de Estado del Presidente Eisenhower y Allan Dulles, primer director de la CIA. Antes de trabajar para el Gobierno, ambos habían sido miembros del despacho de abogados Sullivan&Cronwell, que defendían los intereses de las compañías que más tenían que perder ante el auge de los nacionalismos.

El primer acto de ese plan fue la derrocación por la CIA  en 1953 del Presidente Mossadegh que se había atrevido a nacionalizar el petróleo en Irán y su sustitución por un despótico y promericano lider, el  Sha Reza Palehvi.

El segundo, ya en el “patio trasero”, al año siguiente, otro golpe patrocinado por la CIA contra el presidente Jacobo Arbenz de Guatemala, quien se había atrevido a desafiar a la todopoderosa “United Fruit Company”, al incluir en su proyecto de modernización agrícola la expropiación de algunas de las tierras baldías de la corporación.

Pero el escenario principal de la aplicación del neoliberalismo de choque fue Chile. La llegada de Allende al poder incomodó a las compañías americanas y no porque el gobernante chileno fuera más radical en la práctica del desarrollismo latinoamericano sino porque la tradición pública del país, su sistema educativo podrían convertirse en un ejemplo de democracia nacionalista hasta entonces impensable en las Américas.  Pronto empezó a funcionar el bloqueo, organizado por un grupo mixto de CIA y las principales compañías americanas con negocios en Chile, y a su cabeza la ITT, concesionaria de unas comunicaciones que iban a ser nacionalizadas. El mismo Nixon dio la orden de poner en marcha el bloqueo y gracias a la actual accesibilidad de los documentos oficiales de la época, el mismo Secretario de Estado Kissinger capitaneó la operación. El paso siguiente era persuadir al Ejército para que practicase un golpe militar de inspiración patriótica y tras unos cuantos titubeos se convenció al general Pinochet, ministro del mismo Allende, para que lo protagonizara, garantizándole toda clase de apoyos. El golpe fue precedido de medidas de ahogo de la economía y se realizó de manera violenta y expeditiva. Pese a la adhesión inicial de una cierta parte de la clase media vinculada con  la extrema derecha, la población en general cayó en un estado de postración e impotencia que fue aprovechado inmediatamente para poner en marcha una versión muy radical de la doctrina neoliberal. La acción gubernamental consiguiente, privatización de empresas públicas, venta de bienes públicos, desregulación de la economía, prohibición de la actividad sindical, etc se realizó “manu militari”, de modo que los empresarios nacionales y sobre todo extranjeros, principalmente americanos, recuperaron no solo su libertad de acción sino también la capacidad de decidir el rumbo de la economía con un Ejército implacable detrás para evitar posibles oposiciones. El chileno se convirtió en un Estado débil excepto para imponer por la fuerza el imperio del mercado. Milton Friedman  se carteaba con Pinochet y le insistía en ser absolutamente radical aunque el general, bien pronto, puso  la economía en manos de los “Chicago boys” y se dedicó a lo que él más disfrutaba, la represión implacable de cuantos chilenos no compartían el nuevo rumbo.

Ya es suficientemente conocido lo que ocurrió después y como el supuesto milagro chileno se tradujo en un incremento ostensible de la desigualdad económica y social que aun hoy, bastantes años después de la dictadura, persiste. El daño al país, a las estructuras básicas del Estado fue muy duradero y el neoliberalismo, aunque templado, sigue vigente en los sucesivos gobiernos democráticos, que aún no se atreven o no tienen los medios para reconstruir suficientemente las instituciones civiles debilitadas por la dictadura. Chile fue también ejemplo principal de cómo, so capa de patriotismo, militares y funcionarios de la dictadura llenaban sus bolsillos y Pinochet pasará a la historia, no tanto como un golpista sino como un ladrón de recursos públicos que acumuló, millones de dólares en más de 30 cuentas bancarias controladas por él, su familia o sus allegados fuera del país.

Algo parecido, aunque de menos entidad, ocurrió en las otras dictaduras latinoamericanas que brotaron como hongos en la época. En la vecina Argentina, José Martínez de la Hoz, el brillante ministro de Economía de la dictadura, parecido gestor del neoliberalismo imperante, fue posteriormente imputado por fraude al beneficiar a una de sus empresas. Casi todos esos países tienen la misma historia. Los fondos y préstamos que tanto el Banco Mundial como el Fondo Monetario Internacional les prestó como apoyo para el neoliberalismo de shock fueron mal empleados, una buena parte invertidos en gastos militares y  un porcentaje desviado a las cuentas privadas en el extranjero de militares y civiles. Como es sabido, con la progresiva recuperación de la democracia, muchos procesos se han abierto en ellos tanto para castigar la represión como para intentar recuperar los bienes defraudados. Esto último, generalmente, con poco éxito.

Un capítulo especial lo constituyen los efectos que la aceptación del neoliberalismo, y en particular de su ejecución por las políticas internacionales del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Tratado Mundial del Comercio, han tenido sobre países recién incorporados al sistema. Los ejemplos más obvios son Polonia, Sudáfrica, China y, por supuesto, Rusia.
 
Cuando en 1988 Polonia cambió de régimen bajo los impulsos solidarios del Sindicato creado por Lech Walesa y apoyado por el Papa Juan Pablo II, los polacos creyeron en un primer momento que habían recuperado su soberanía de las garras de Moscú. Pero pronto se dieron cuenta de que habían entrado en otra esfera de influencia, pacífica pero no menos contundente. El conocido asesor de Gobiernos  latinoamericanos , Jefrey Sachs, empezó a aconsejar al Sindicato Solidaridad, ya antes de la transición, la apertura de Polonia al capital internacional y a las reglas internacionales y el resultado fue una negociación presurosa con el FMI y una terapia de shock que marcaron el nuevo rumbo. “Fue un acto de fe en la libertad, parecido al que hacíamos con el comunismo pero con el mismo fundamento irracional. De la noche a la mañana dejamos de decidir los asuntos más importantes del país y a preguntarnos para qué habíamos estado tantos, tanto tiempo en prisión” cuenta uno de los desilusionados dirigentes de Solidaridad.

La supresión del régimen de “apartheid” en Sudáfrica puso en marcha un esperanzado cambio de régimen, que el partido nacionalista de Mandela había patrocinado.  Pronto comprendieron que habían recuperado el poder político pero no el económico puesto que su adhesión, prácticamente forzosa, al neoliberalismo internacional produjo una persistencia del predominio del capital extranjero, anterior y posterior al cambio y una imposibilidad práctica de mejorar el nivel de vida de sus habitantes. Desde 1994, el año en que el partido nacionalista tomó el poder, el número de gente que vive con menos de un dólar al día se ha doblado, de dos millones a cuatro. La desigualdad entre negros y blancos ha crecido, un millón de agricultores han perdido sus modestas granjas y el número de habitantes de los suburbios pobres ha crecido un 50%.

En 1989, cuando se proclamó el consenso de Washington y Fukuyama proclamó el fin de la historia, se produjeron los acontecimientos de Tiannanmen Square en Beijing y los directivos chinos comenzaron ese camino hacia su inserción en el neoliberalismo internacional que combina la apertura del mercado interno a las empresas extranjeras, la aceptación de las reglas del juego con un control que ejerce el partido comunista y que se traduce en que el Estado chino mantiene la última decisión sobre extensos sectores de la economía. Por ejemplo, China no ha desmontado del todo su sector público, como exigían los organismos internacionales y ha mantenido una ocupación laboral suficiente para evitar innecesarias tensiones. La persistencia de un régimen policiaco fuerte ayuda al equilibrio, inestable pero suficiente de momento, de un país que mantiene un régimen mixto de liberalismo hacia el exterior y autoritarismo interior que desafía las definiciones de la ortodoxia neoliberal.

La nueva Rusia empezó exactamente cuando Jeffrey Sachs estaba en el despacho de Jeltsin al anunciar el líder ruso el fin del régimen soviético. El programa de la nueva etapa fue redactado por una combinación de los “Chicago boys” y los tecnócratas comunistas y se tradujo en la apertura al exterior, esta vez con un fuerte desmantelamiento del sector público que cayó en las manos de la nueva oligarquía, los nuevos ricos del país. La novedad es que el presidente Putin, beneficiado por la posesión de ingentes cantidades de petróleo y gas, está siendo capaz de crear una nueva estructura de poder en la que ni las empresas nacionales ni las extranjeras pueden dominar a una Administración pública, llena de antiguos miembros de la KGB, capaz de combinar liberalismo económico con dominación política.

Y ante tal situación, los organismos internacionales han aceptado que no son capaces de llevar a cabo en Rusia, como tampoco en China, lo que sí han conseguido en Polonia, Sudáfrica y cuantos países han recuperado una soberanía política no acompañada de la económica. Pero con los más pobres siguen consiguiendo éxitos. La doctrina del shock tuvo una conveniente aplicación en Sri Lanka con motivo del tsunami que asoló su costa en Julio de 2005.  Hasta entonces la costa era patrimonio de pueblos de pescadores que atraían algunos surfistas a hoteles pequeños. Con el tsunami, los organismos internacionales hicieron ver a la autoridad local que era el momento de reconvertir la costa en un paraíso turístico y a tal fin impidieron regresar a sus lugares a los pescadores e impulsaron una ocupación puramente turística de la zona. Lo mismo se hizo con los países afectados por el huracán Mitch en Centroamérica. Honduras, Guatemala, Nicaragua. Las ayudas a la reconstrucción procedentes de organismos internacionales como el FMI o del Gobierno americana fueron condicionadas a la privatización de empresas y servicios públicos y de esta manera Telmex, la telefónica mexicana, compró la compañía telefónica guatemalteca, la española Unión Fenosa adquirió las empresas nicaragüenses de energía y el Aeropuerto de San Francisco se hizo con los aeropuertos de Honduras.

Líbano y Palestina han visto también modificadas drásticamente sus economías con motivo de los conflictos que padecen aunque, en este caso, el “tsunami” político y militar que los produce  ha sido proporcionado por un vecino, Israel, que actúa como la “longa manus” del neoliberalismo americano.

3. FORMAS DE SATISFACER LAS NECESIDADES PÚBLICAS

El neoliberalismo, aparte de defender que la economía es básicamente un ejercicio de libertades individuales, preferentemente en forma de intercambios monetarios, tiene un particular diseño de cómo se deben satisfacer las necesidades públicas y entre ellas, el transporte colectivo, la salud pública, la educación, la energía y otras. De ese diseño se ha derivado, como veremos, una forma creciente de agresión al medio ambiente que forma parte principal del creciente cambio climático.

El neoliberalismo tiene principios muy sencillos, que adoptan generalmente fórmulas dogmáticas, escasamente propicias a la discusión. “Cuanto menos Estado mejor”, “ la iniciativa privada es siempre más eficaz”, “Para que algo funcione bien, se necesita que alguien se beneficie de ello”, “El mejor sitio del dinero es en los bolsillos de sus dueños”, “El capital debe viajar libremente, sin fronteras”. El derrumbe de las fronteras es uno de los tópicos favoritos de los neoliberales, especialmente en estos tiempos de globalización. La guía principal de la acción de los liberales y fórmula que todo lo cura es el “trickle down”, en cuya virtud el Estado debe dar dinero y libertades a los ricos que de forma inevitable llegará a los pobres.

Pero la aplicación de esos principios ha llevado aparejada históricamente una determinada forma de resolver las necesidades colectivas, un diseño de su satisfacción e incluso de su propia naturaleza.

El territorio en el que se han aplicado, desarrollado y defendido esas formulas ha sido, naturalmente, Estados Unidos y el momento en que comenzaron a imponerse no fue durante el Gobierno de Reagan sino ya con Eisenhower, en una reacción contra el keynesianismo débil que llevó a cabo Roosevelt para salir de la Depresión.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, se hizo necesario un impulso gubernamental para hacer crecer las actividades civiles, para ampliar el mercado interno, que había sido contraído por la orientación de la oferta industrial a las necesidades bélicas. Su reconversión y la ampliación de la demanda ocupó la atención preferente de un presidente republicano y un equipo de gestores cuya misión principal fue definir, junto a los principales empresarios del país, las líneas de inversión pública más recomendables. El primer capítulo de ello, que influiría en el resto, iba a ser el transporte.

3.1. Transporte privado

Aunque ahora no lo parezca, Estados Unidos se constituyó y se expansionó a lo largo de las vías del tren.  El viaje a la frontera, al Oeste, realizado primero a lomos de equinos y en aquellos carros de variado diseño, se transformó con la aventura del ferrocarril. El ferrocarril Este Oeste, con parada en Chicago, modificó la economía americana, creó los primeros millonarios de la especulación, los “robber barons”, trasladó a millones de habitantes de la Costa Este hacia el Oeste y se convirtió también en cauce y trabajo para la emigración europea, latinoamericana y asiática. Fueron los trabajadores chinos los principales operarios de la extensión del tren, tantos murieron en el empeño y la fiebre del oro contribuyó a la rapidez con que se extendían traviesas y raíles. Con el tren llegaron la comunicación telegráfica, la electrificación y todas las modernidades existentes en la Costa Este, la cual ya disfrutaba de ese ferrocarril costero, la  línea de Boston a Miami, un pasillo por donde circulaban personas y mercancías con preferencia a la carretera. El Amtrak era la empresa más poderosa de servicios de la época pero pronto aquello iba a ser contradicho por una coalición de representantes de intereses distintos.

En los años cincuenta, empresarios del petróleo, de la industria inmobiliaria, del automóvil llevaron a la Casa Blanca habitada por Eisenhoer un plan para diseñar una red nacional de autovías confeccionado para satisfacer su interés común.

Las autovías, “highways” deberían servir para transportar por carretera personas y mercancías, abriendo un mercado importante para una nueva iniciativa privada de locomoción que aventajara al ferrocarril por su espontaneidad y variedad. También tratarían de descongestionar las ciudades, creando suburbios para domiciliar a las nuevas generaciones de la clase media. Y, finalmente, pondrían en marcha una política de obras públicas capaz de dar empleo a tantos veteranos de la guerra que, al volver, encontraban ocupados sus antiguos trabajos,

El mensaje llegó alto y claro a la Administración pública, en cuyo seno el plan tenía importantes aliados y fue aprobado con gran celeridad.

Paralelamente se habían producido las disposiciones gubernamentales, entre otros el GI Bill, para ayudar a la reincorporación de los veteranos de guerra y, en particular, los préstamos y donativos para educación y vivienda.

Los veteranos, por miles, se matricularon en las Universidades y cambiaron su perfil clasista. Pero, sobre todo, poblaron esos suburbios soñados por los diseñadores de las autopistas a partir del plan de viviendas prefabricadas que ideó Bill Levitt, un judío que había probado el sistema en la guerra y que comenzó a construir y vender, miles de unidades al mes, ese modelo de casa de una sola planta, con garaje y jardín, que se convertiría en el nuevo modelo de residencia de la clase media. Casa propia fuera de la ciudad, automóvil para ir a trabajar por una carretera rápida y ya tenemos el nuevo ciudadano norteamericano que reemplaza al habitante de las ciudades diseñadas a la europea.

En Nueva York, Boston, Chicago y, por supuesto, el Sur y el Oeste, cambió la faz  del país. La clase media en los suburbios, los pobres, sobre todo los negros, en las zonas de las ciudades que eran abandonadas por los blancos y que se iban desintegrando hasta convertirse en tercermundismo urbano.

La carretera y el coche para los suburbanitas, el metro para los urbanitas y un agujero en el ferrocarril que disminuiría progresivamente su importancia relativa.

Y el coche que, en su inicio fue un instrumento para el ocio, para el fin de semana, para la diversión, se transformó en una herramienta de trabajo, el medio como los americanos iban y volvían cada día de casa al trabajo.

Por aquellos años Europa resolvía las necesidades cotidianas de transporte de los trabajadores no solamente con un incremento de la red pública de ferrocarriles, metros, tranvías y, poco después, autobuses sino con la inclusión en las condiciones de trabajo de muchas empresas grandes de la obligación de éstas de trasladar a los obreros al comenzar y finalizar la jornada en medios propios.

Pero la opción por el transporte individual ha tenido consecuencias muy perversas. Por una parte, los riesgos para la salud de conductores y peatones. A pesar del límite de velocidad, en Estados Unidos mueren unas cincuenta mil personas al año y más del doble quedan seriamente heridas por accidentes de automóvil que es ya la primera causa de muerte de los jóvenes. Los gastos producidos por esas fatalidades incrementan cada vez más los gastos en salud y suponen un gran quebranto para la economía.

La cantidad de fondos públicos que se gasta en el mantenimiento y  la ampliación de carreteras federales, nacionales y locales  excede con mucho a lo invertido en transportes públicos, a los que se deja languidecer aunque en muchos casos sean la única forma de movilidad para las personas mayores que no conducen y para los pobres. La necesidad de tener coche es una carga para mucha gente con escasos ingresos, muchos de los cuales ni siquiera lo aseguran con lo que aumentan los costos del sistema.

El coche individual aún disfruta de una aureola social y su posesión el signo de la madurez personal de los jóvenes.  Pero la realidad es más sórdida. Los modernos automóviles logran una velocidad tal que resulta muy difícil que la gente joven no aspire a probarla en alguna circunstancia que termina siendo dramática y ni las vías mejor diseñadas o mantenidas, que no siempre lo están, contienen todos los elementos de prevención del riesgo, un riesgo que aún es más frecuente para los motoristas. Los coches y las motos han causado más muertes de jóvenes que las guerras en todo el mundo.

La conjunción de intereses que logró esa transformación se encuentra maniatada por ella. Los Estados Unidos llegan a hacer la guerra para mantener un flujo de petróleo suficiente para esa forma de transportarse y gran parte de su política exterior está condicionada por tal dependencia.

La progresiva reconversión de la vivienda, del alquiler a la propiedad privada y la distancia al trabajo, imponen una carga financiera, las hipotecas y un desgaste de energía, usar obligatoriamente el coche todos los días, que conduce a esa nueva enfermedad americana, el “stress”, que está incrementando la cantidad de medicinas, antidepresivos principalmente, que consumen los ciudadanos.
Y eso nos lleva al segundo asunto

3.2. La salud

Según un observador de la escena americano, “el estado de tu salud depende del estado de tu bolsillo”.

La versión americana a la solución a la prevención y cura de enfermedades es un acto de fe en el mercado que contradice las tendencias y las soluciones que existen en Europa y aun en el país vecino, Canadá.

El acceso a la atención médica de los americanos, su tratamiento en hospitales o clínicas, está condicionada por su nivel económico medido generalmente por la naturaleza y la calidad de su contrato de trabajo.  La red de servicios médicos, hospitales y clínicas privadas, no existe el modelo europeo de centro  público de salud, no actúa hasta que el enfermo  no prueba estar asegurado por una de esas empresas  con las que se puede contratar, individual o colectivamente, a un precio que depende de varias circunstancias y, entre ellas, de tu edad y condición social. Si eres rico o estás bien empleado en una empresa solvente, tu seguro cubre casi todos los riesgos de tu salud. Si eres pobre o tu contrato de trabajo es de poca categoría, el seguro no te sirve para muchas enfermedades o accidentes. Y hoy, en un momento en el  que crecen los trabajos precarios o las largas ausencias del mercado laboral, la salud de los americanos refleja el mismo perfil de desigualdad que el resto de los indicadores básicos.

Las dos instituciones que se crearon para paliarlo, Medicare y Medicaid, para mayores y para indigentes respectivamente,  funcionan con grandes limitaciones y, de hecho,  muchas personas pobres o desempleadas van a las urgencias de los hospitales, fingiendo encontrarse en esa situación, sólo para recibir por una vez una analítica o una exploración, que son incapaces de procurarse por otros medios. Norteamérica carece de una red de atención médica primaria, como la que tiene Europa.

Todo ello influye en las estadísticas de población. Estados Unidos posee uno de los índices más altos de mortalidad infantil en el mundo pese a que sea la mayor potencia económica. Hay un cuarto mundo en zonas pobres de América, barrios miserables de las ciudades, el sur de Texas, donde los niños sufren los daños sanitarios colaterales de la pobreza como no acceso a agua potable, malaria, desnutrición, etc. El resto de los indicadores de salud refleja la desigualdad económica de los norteamericanos. Dado que la salud está en el comercio libre, uno puede comprar cuantas atenciones, prevenciones, pruebas u operaciones pueda costearse y el sistema sanitario no evalúa más que la capacidad de pagar del cliente, lo cual conduce, por ejemplo, a que el gasto sanitario en personas mayores es muy superior al del gasto en niños y a que el enorme gasto sanitario esté distribuido en términos de clase social.

Muchos inventos y adelantos científicos se producen y aplican en los Estados Unidos pero a ellos no tienen acceso más que los enfermos que pueden pagarlos. Hay hospitales americanos de gran calidad pero una parte importante de sus pacientes son enfermos adinerados que vienen de otros países mientas que en el mismo barrio donde los hospitales están domiciliados viven personas cuya salud es muy deficiente.

Paralelamente a ello, la industria farmacéutica, una de las más poderosas e influyentes del país, no deja de luchar por la protección de sus patentes, de su acceso irrestricto al mercado nacional e internacional y ello la convierte en uno de los componentes de la dominación americana más resentidos por el resto del mundo. La lucha contra el Sida en países pobres es un ejemplo de ello. Los mismos americanos cruzan la frontera de Canadá o México para comprar medicinas más baratas.

No hay, pues, en Estados Unidos un concepto de salud pública según el cual las condiciones sanitarias generales y comunes benefician al conjunto de la población. Algunos de los elementos básicos de esa salud pública están vinculados a actividades  de inspección de emisiones de contaminantes, deterioros en el medio ambiente que perjudican la salud pero aún no existe una estructura de acción gubernamental responsable de diseñar, planificar y desarrollar una política de salud pública, entre otras razones por el modelo de descentralización de los servicios que forma parte de la estructura federal del país.

3.3. La educación

 Esa descentralización se nota de manera importante en el sistema educativo. Garantizar la educación obligatoria y gratuita de los menores, su acceso indiscriminado a la escolaridad primaria fue una de las conquistas del Estado bienestar que llegó tarde a Estados Unidos y de imposible aplicación porque la educación es competencia de los Estados no del Federal. Así hay un fragmentado sistema educativo primario y el gran perdedor en la última década, gracias a la fe en el neoliberalismo de muchos legisladores, es la escuela pública. Carentes o escasas de fondos muchas de ellas, han presenciado una huída de buenos alumnos a escuelas privadas, muchas veces favorecidas por ayudas públicas al efecto, los llamados “vouchers”, que hacen aún más perceptible la diferencia entre las escuelas de  zonas ricas con las de zonas pobres. En los años sesenta, por influencia de un corto episodio de progresismo, algunas ciudades intentaron justo lo contrario, llevar niños pobres a zonas ricas y viceversa pero el experimento, el “busing” terminó pronto y mal, por la violenta reacción de los padres de niños ricos.

La falta de calidad de la educación pública americana en sus estadios inferiores se refleja, por ejemplo, en que muchas familias de emigrantes de Latinoamérica envían a sus hijos, al cuidado de sus abuelos, a cursar la escolaridad primaria e incluso la secundaria  a sus países de origen, donde es de mejor calidad y más barata o gratuita, para que regresen al nivel universitario americano que, aunque igualmente discriminatorio, ofrece muchas oportunidades de acceso a los buenos estudiantes.

La profesión de maestro, aunque no sólo en los Estados Unidos, ha perdido bastante de su prestigio como socializadora de las nuevas generaciones que hoy reciben una influencia mayor de otras circunstancias, como los medios audiovisuales, los juegos, los colegas, etc. Y es que el sistema educativo, con su tradicional componente de solidaridad, no puede contradecir la ideología dominante, con su énfasis en la competitividad y la búsqueda irrestricta del beneficio personal, que domina la escena nacional.

El neoliberalismo, en su versión americana, afecta a prácticamente todas las esferas de la vida, pública y privada, de sus ciudadanos. La manera en que éstos trabajan o dejan de hacerlo, compran, arriendan bienes o servicios se ha ido transformando en virtud de los dos grandes principios básicos dominantes, la desregulación y la privatización.

3.4. La desregulación

Los gobiernos de Reagan y Tatcher empiezan su camino de reformas del Estado bienestar suprimiendo controles. Los controles sobre la actividad económica, sobre las libertades empresariales, habían surgido históricamente como forma de evitar su rapacidad y el mal hacer. No todos los errores empresariales nacen de su ansia de beneficio inmediato sino, con frecuencia, de su escasa habilidad para llevar a cabo sus planes y, también, de la dureza de la lucha en el mercado, el pez grande se come al chico, usando con frecuencia malas artes.

Todo ello determinó que el Estado bienestar incorporara a su estructura la regulación de la mayoría de las actividades económicas en beneficio del interés general, del bien común. Pero estas palabras, interés general, bien común, dejaron de sonar bien a los oídos de los neoliberales, hasta convertirse en la ideología a combatir. La sociedad no tiene nada en común, incluso, como proclamó Margaret Tatcher, “no existe una cosa llamada sociedad”.

La transformación de la sociedad en mercado y la liberación de éste de controles gubernamentales pusieron en marcha una estrategia de fomento de la iniciativa empresarial, una desregulación, que tuvo su máximo exponente en el sector financiero. Nunca el sector financiero ha sido más libre que desde que se decretó, en la década de los ochenta, su libertad nacional e internacional. Los bancos, los prestamistas pidieron y consiguieron usar su dinero sin más condiciones que las que ellos mismos determinaran. La consecuencia fue, sigue siendo, difícil de entender por el público en general que les entrega sus ahorros sin saber muy bien qué va a ser de ellos. Compitiendo entre sí, a veces en lucha feroz, despiadada, sus protagonistas, el sector financiero adoptó una perfil hasta entonces desconocido y con ayuda de la desregulación internacional producida por la globalización, empezó a utilizar un lenguaje arcano, “derivados”, “edge funds”, que para la mayoría de los economistas de la época no estaba en sus manuales.

El sector financiero tradicional era una suma de ahorros e inversiones reales, que reflejaban las cotizaciones de la Bolsa. Los especuladores apostaban a subidas y bajadas de acciones, que solían representar también subidas y bajadas en la demanda de bienes y servicios.

De repente, todo cambió. El sector financiero dejó de representar al sector productivo y se convirtió en algo autónomo, misterioso, que comerciaba en papeles solamente avalados por la confianza. Muchos de esos papeles solo tenían detrás promesas de unos Estados, de unas empresas que podrían, y de hecho en ocasiones así ha ocurrido, no ser cumplidas.

Al mismo tiempo, gracias a la globalización, se podía especular a nivel internacional y ha habido especialistas en hacer subir y bajar monedas nacionales de modos que el común mortal desconoce. Es el caso de George Soros, hoy convertido en filántropo y de otros que lograron manipular en unos días la situación financiera y las monedas de los países del Sudeste asiático que tuvieron que recomponer sus economías, dañadas por agresiones ajenas, sin culpa propia.

Para colmo ese sector financiero se refugia en paraísos fiscales, lejos de la tributación, ocasionando la pérdida de los beneficios necesarios para la financiación de los servicios públicos y la correlativa disminución de la acción del Estado que, en muchas ocasiones, no cumple sus fines o se ve obligado a dejarlos también al albur del mercado. Porque ésta, la privatización, es la otra cara de la desregulación.
 
3.5. La privatización  

La privatización constituye el discurso más elocuente del neoliberalismo.  Y el más básico de su doctrina. El sector público europeo posbélico, paradójicamente incentivado por el plan Marshall, funcionaba cada vez mejor. Obras y servicios públicos, las administraciones públicas estaban pobladas por gentes que creían en la necesidad de reconstruir los países en una conjunción de acción gubernamental, empresarial y sindical que actuaba cooperativamente. En los años cincuenta los sindicatos se sentaban en los consejos de administración de las empresas y los servicios públicos ferroviarios, aéreos, mediáticos crecían por el impulso y la dedicación de quienes estaban orgullosos de poseer una moral de funcionarios públicos, de servicio.

Al mundo empresarial americano aquello no le sentaba bien y a mediados de los años sesenta, justo bajo Reagan y Tatcher se comenzaron a crear Fundaciones, ”Think Tanks” con el propósito de deslegitimar la acción pública y sentar las bases para una teoría general de la privatización, que nació, como sabemos en la Escuela de Chicago, bajo la dirección de Milton Friedman. Mucho no se pudo hacer en Europa durante esas dos décadas pero en Estados Unidos la privatización comenzó inmediatamente a funcionar y quizás su primer efecto se sintió en las empresas de servicios públicos.

La electricidad, el gas, el agua eran producidas y distribuidas tradicionalmente a través de compañías semipúblicas, las “utilities”. Su régimen de actuación consistía en cobrar los servicios a sus consumidores a un precio, una tasa que permitía mantenerlos, mejorarlos pero en ningún caso producir beneficios. No tenían accionistas a los que responder y eran controladas por las administraciones públicas. Hasta que llegó el momento de privatizarlas, de venderlas y consiguientemente, de sentirse en la necesidad de producir beneficios. Ello descompuso la naturaleza y el sentido de sus actividades con los subsiguientes desconciertos, errores y fracasos. Desde entonces, por falta de inversiones y mantenimiento, las poblaciones han sufrido cortes de luz, carencias de agua, daños que no han podido ser compensados porque las nuevas compañías, privadas, han diseñado una fórmula de irresponsabilidad que atribuye los fallos a causas naturales.

La privatización de las “utilities” fue seguida por otras hasta llegar, hoy día, al corazón mismo del Estado.

El gobierno de Bush incluía a dos de los principales seguidores del neoliberalismo, Ronald Rumsfield and Dick Cheney, ambos jóvenes miembros del equipo de Reagan, admiradores de Miton Friedman y protagonistas de esos empleos de puerta giratoria, en los que as veces trabajas para el Estado y otras para empresas relacionadas con el Estado. Ya durante el período Clinton comenzaron a actuar en la línea neoliberal aunque no hasta el extremo que lo hicieron después. Como presidente de la omnipresente Halliburton, Cheney logró contratos para gestionar necesidades militares que le harían inmensamente rico y que harían tan rica a la compañía cuando desde su posterior cargo con Bush la dio las mayores oportunidades conocidas de usar dinero público. Nunca se deshizo Cheney de todas sus acciones sino antes el contrario su suerte personal siguió unida a la de la empresa aun siendo Vicepresidente.

Pero Bush les convirtió en fautores de su política privatizadora. Bush ya era un converso a la doctrina de la privatización siendo gobernador de Texas  pues la industria de las prisiones privadas floreció especialmente allí bajo su gobierno y también allí mostró sus peores perfiles. Texas tiene el dudoso honor de poseer el record de ejecuciones mortales, la pena de muerte, de toda América y también el sitio donde más dinero se puede ganar gestionando prisiones y peor lo pueden pasar los presos.

Pero el momento de inflexión llegó con el 11 de Septiembre que probó los muchos defectos y carencias de la seguridad aérea en un país que desde la decisión de Reagan de acabar abruptamente con la huelga de los controladores aéreos, había ido degradando progresivamente la inversión pública en la prevención y solución de los problemas de seguridad. El 11 de Septiembre era la ocasión de redoblar las inversiones públicas y la confianza en aquellos agentes públicos, bomberos, policías que tan bien se portaron haciendo frente a la catástrofe pero no fue así.  Fue justamente lo contrario y  de la misma manera que el trágico evento dio alas a los que querían imponer la hegemonía militar y mercantil de los Estados Unidos, desencadenando las guerras de Afganistán e Irak, también excitó el deseo de quienes pretendían privatizar al Estado, como la mejor solución para enfrentarse con esos conflictos.

Porque la finalidad del Estado, decretaba el equipo de Bush, no era proporcionar seguridad sino comprarla a precios de mercado. Y como informaba el New York Times en Febrero del 2007, “sin debate público, sin discusión parlamentaria, los contratistas se convirtieron en el cuarto poder del Gobierno”. La nueva doctrina se aplicó al Departamento de Defensa pero especialmente al nuevo Departamento creado al efecto, el Departamento de Seguridad Nacional porque, en palabras de un alto funcionario de la época, Ken Minihan, “La seguridad nacional es demasiado importante como para confiarsela al Gobierno”. El mercado del terrorismo había nacido.

Millones, billones de dólares fueron contratados  a compañías preexistentes o que nacieron al efecto. Y al igual que en los años cincuenta Washington se llenó de oficinas de lobbies, esta vez lo hizo con aquellas compañías que recibirían el encargo de proveer servicios de seguridad nacional. La industria de cámaras de seguridad o la de obtención de datos, unidas a las de gestión de sospechosos, florecieron y permitieron detener a miles de personas, transportarlas, confinarlas e interrogarlas. Los muchos errores y abusos del sistema, paralelos a los del propio Ministerio de Defensa en la conducción de la guerra, fueron ocultados hasta que llegó a ser imposible hacerlo, merced al carácter privado de muchas de sus operaciones que no entraban en la responsabilidad propia de los organismos oficiales. Era un caso de Estado subcontratado a cuyas subcontratas tenían dificil acceso los órganos encargados de la vigilancia y control del Ejecutivo.

El asunto llegó a su culmen con la privatización de la guerra cuyo máximo exponente es la guerra de Irak. La filosofía que llevó a la guerra, y que acompañó a los informes, hoy sabemos que torcidos, sobre la posesión de armas de destrucción masiva, fue el déficit de la zona en democracia capitalista. Para nada se tuvieron en cuenta los errores y abusos de Estados Unidos e Israel y se arbitró una estrategia de “Shock and Awe” “Impacto brusco y susto”, como la mejor receta con la que conseguir la transformación política del país. Ya sabemos los abusos que se han producido, y siguen produciéndose, con la detención y tortura de miles de irakíes con el resultado palmario de que esos abusos no producían aliados sino enemigos. Por cada víctima de la represión practicada por la ocupación americano, que iba en aumento según el mando comprobaba su escaso éxito, surgían uno, dos o tres militantes antiamericanos. La guerra de Irak, y también la de Afganistán aunque en otro sentido, lo que consigue principalmente es incrementar el número de insurgentes.

Pero la política iniciada inmediatamente con la ocupación tuvo dos capítulos, la demolición del Estado iraquí, su personal y sus instalaciones y la privatización tanto de éste como de la misma guerra. Esa política fue ejecutada por el jefe de la ocupación, Paul Bremer, él mismo un discípulo de la escuela neoliberal, que ya llegó con manual al respecto y lo puso en práctica sin la menor consulta a los líderes iraquíes. El dinero para la reconstrucción de Irak no fue destinado a industrias locales, propiciando así la creación de empleos y estabilidad sino a empresas extranjeras que importaban todo incluso la mano de obra.

Los efectos de desánimo y enfurecimiento de los nacionales se vieron enseguida al comprobar que se prescindía de la industria local y, especialmente, que no se permitía al gobierno iraquí emergente, la modificación de la situación.

Pero, para terminarlo de empeorar todo, la autoridad americana ocupante carecía, y sigue careciendo de medios y personas capaces de vigilar y estimar la acción de las empresas reconstructoras de modo que, no solamente las cosas fueron a peor, con graves problemas en los servicios de electricidad, agua, por no hablar de salud y educación, que se llegaron a producir reclamaciones formales ante Tribunales americanos al respecto. Pero en marzo del 2006 un Tribunal federal de Virginia decidió que, como ni las firmas defraudadores ni las autoridades de ocupación formaban parte del gobierno americano, éste no podía ser declarado responsable de esos fraudes y tampoco podían incoarse reclamaciones según la ley irakí.

La privatización se ha detenido por el momento cuando un proyecto de ley otorgando concesiones petrolíferas a empresas americanas encontró una feroz oposición del mismo gobierno irakí supuestamente al servicio de la Casa Blanca y las negociaciones al respecto están detenidas aunque el propósito americano en Irak, privatizar el petróleo y abrir el país a la iniciativa extranjera sigue formando parte del plan inicial. Ni siquiera la promesa de las empresas americanas de entregar cinco millones de dólares a cada legislador iraquí ha tenido éxito por el momento.

Quizás lo más ostensible de la privatización sea el mismo ejercicio de la guerra. No solamente se están reclutando mercenarios para sustituir a los soldados, que cada vez escasean más y están peor preparados, sino que la misma gestión de la ocupación está siendo administrada por Haliburton y otras compañías. La fiereza privatizadora ha llegado a desmontar incluso la atención médica oficial a los veteranos de guerra que, al volver a Estados Unidos, se enfrentan con graves deficiencias y rechazos debido a que el Departamento de Defensa desmanteló a los equipos médicos y subcontrató esas mismas funciones sanitarias a entidades privadas.

Los neoliberales, tan amigos de aprovechar las catástrofes para hacer engullir sus tesis del Estado mínimo, la desregulación y la privatización, contemplan como esas mismas catástrofes hacen nacer enemigos propios y ajenos. Y si con la guerra de Irak han conseguido incrementar el antiamericanismo internacional, en Katrina, donde se puso de relieve las deficiencias de la Administración Bush en prevenir y remediar la catástrofe, el desprestigio, el desánimo  llega a los mismos americanos  que ven cómo su Gobierno  no solo no es capaz de enfrentarse a crisis que países menos importantes han resuelto sino que aprovecha el momento para imponer tesis neoliberales en las políticas de vivienda o de salud y educación de Nueva Orleans que perjudican a la población en general y benefician a unos pocos.


4. LA LUCHA IDEOLÓGICA

Pocas controversias han sido tan agrias en la historia como las que han sostenido los neoliberales con sus oponentes.  Desde que Milton Friedman afirmó que no hay alternativa científica a su pensamiento, los neoliberales han sido muy contundentes en la descalificación de sus adversarios. A veces, uniendo a la descalificación científica el ataque personal.

Pocas personas han sido más vilipendiados por el mundo neoliberal como John Kenneth Galbraith que tuvo la mala suerte de coincidir en el tiempo con Friedman y más que llevarle la contraria, más que advocar por un socialismo a la americana,  quiso colaborar para que el capitalismo no hiciese sufrir a más gente, un poco como su antecesor doctrinal Maynard Keynes se planteó la tesis del Estado bienestar en el Occidente postbélico, como una corrección intervencionista al capitalismo en beneficio del interés general .  A Keynes le llevó la contraria Friedrich Hayek, el primer neoliberal del siglo XX pero en la década de los cincuenta era muy difícil no reconocer que el mundo occidental necesitaba lo que Keynes postulaba y que se impuso prácticamente hasta los años ochenta, cuando Tatcher y Reagan llegan al poder y lideran una apuesta contra el keynesianismo que volvería a llevar a Friedman, momentáneamente eclipsado, al liderazgo del neoliberalismo internacional.

El momento de máxima excitación para los neoliberales fue la crisis del comunismo, la desaparición del imperio soviético que para ellos fue la prueba del fracaso de cualquier socialismo.

Los “Think Tanks” promovidos por Friedman con el patrocinio de importantes empresas americanas acogieron a los “Chicago boys” y les dieron la oportunidad de desarrollar el neoliberalismo aunque, en la práctica, la mayoría de ellos prefirieron la acción política como integrantes del Fondo Monetario Internacional y asesores de tantos gobiernos que elegían o eran empujados hacia el neoliberalismo.

No hubo, por tanto, un desarrollo teórico del neoliberalismo más allá de las ideas de Friedman, sus seguidores preferían aplicarlas a completarlas y el neoliberalismo ha sido siempre una especie de acto de fe, de doctrina salvadora que se predica con el entusiasmo del convencido y que no acepta muchas confrontaciones teóricas. El neoliberalismo más práctico se produce cuando tiene a la coacción de su parte y va sustituyendo sistemas democráticos por dictaduras militares como prueba el caso latinoamericano. Y aunque las poblaciones respectivas se veían incapaces de oponerse al imperativo económico del mercado apoyado en la fuerza, el progresivo avance de la desigualdad y la pobreza daba alas a las protestas no siempre fáciles de reprimir. “Hay que tener paciencia” suele ser la receta neoliberal cuando los perjudicados por ella se quejan pero la paciencia tiene un límite, ni solo cuando los intérpretes y ejecutores de la política neoliberal ejercen su violencia acompañante sino también cuando quedan descalificados por sus abusos y actos delictivos. El ejemplo más clarificador ha sido el de un prevaricador Pinochet pero también han sido enjuiciados políticos neoliberales en Argentina, Uruguay, Rusia, Bolivia, Canadá y por supuesto en los Estados Unidos donde Ken Lay el amigo, benefactor y beneficiario de Bush fue castigado por los delitos cometidos en la gestión de Enron, la empresa símbolo del neoliberalismo.

Fueron precisamente las desilusiones de algunos neoliberales ante los resultados prácticos de la doctrina o las extrañas alianzas necesarias para conseguirlos lo que generó un debate entre “fieles y traidores” que aún continúa. El primero en hacer público su desengaño fue André Gunder Frank, un chileno estudiante y admirador de Friedman quien, al volver a su país y comprobar los efectos de la doctrina, se convirtió en el crítico por excelencia de ella a partir de una carta que escribió a sus maestros Friedman y Harberger. En ella explica la situación de tantos chilenos que gastan el 74 por ciento de su ingreso simplemente en comprar pan dejando de comprar leche o el autobús para ir al trabajo. El programa de Allende de dar un vaso de leche a los niños en la escuela fue suprimido por Pinochet y Gunder Frank subraya que sin la violencia de Pinochet hubiera sido imposible aplicar el neoliberalismo friedmanita que se tradujo, básicamente, en la transferencia de riqueza de los pobres y la clase media a los ricos.

Gunder Frank fue inmediatamente expulsado de la Universidad donde presenció cómo seis estudiantes fueron muertos a tiros en la misma puerta del Departamento de Economía como una lección para los restantes.

Del mismo epicentro de la revolución financiera neoliberal, el Fondo Monetario y el Banco Mundial, surgieron los siguientes disidentes. El primero y más conocido, Joseph Stiglitz, economista jefe del Banco, escribió un ya famoso texto sobre la globalización que, en su opinión, estaba incrementando la desigualdad con la  ayuda de esos organismos.

El testimonio más detallado fué ofrecido por Davison Budhho, un técnico del Fondo que escribió una carta a su presidente, Camdessus, denunciando especialmente la  manipulación de estadísticas que se hacía para fundamentar las políticas de desregulación y privatización que advocaba el Fondo. Varias investigaciones gubernamentales y entre ellas las de Trinidad, el país donde nació Budhho, han probado que el Fondo infló y fabricó estadísticas falsas para sus fines. La carta de dimisión de Budhho se convirtió incluso en una obra de teatro: “Cincuenta años son bastante”, representada en una sala neoyorquina. Hasta Jeffrey Sachs, gran campeón del neoliberalismo, asesor de los gobiernos forzados a ponerlo en práctica, se descolgó de su anterior lealtad e incluso acusó al Fondo de que, en vez de apagar los fuegos de las crisis, les “añadía gasolina”.

Empezó a ser tan obvio el desprestigio internacional del neoliberalismo que sus representantes latinoamericanos tuvieron que emplear los insultos y las descalificaciones personales para contraatacar a tantos críticos. No otra cosa es el libro “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, de Carlos Montaner, Plinio Apuleyo y Alvaro Vargas-Llosa”.

Y es que la reacción popular, tanto contra las dictaduras como contra el modelo económico neoliberal, se ha traducido en decisiones electorales en los últimos años. En Brasil, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua e incluso Chile y Argentina, han sido elegidos políticos contrarios al neoliberalismo o, al menos, defensores de unos mínimos de Estado bienestar, que tan violentamente les fueron arrebatados.  De la Patagonia hasta México, y también en todo Centroamérica, los vientos que corren favorecen una solidaridad ciudadana que a los neoliberales y a sus beneficiarios, el segmente más rico de la población, les incomoda.

5. LA ALTERNATIVA

Generalmente al neoliberalismo se suele contraponer el socialismo y en medio hay varias alternativas, con dosis variadas de regulación, sector público, fiscalidad, etc. Estas alternativas tienen una faceta política, el grado de participación de los ciudadanos en las decisiones, el grado de democracia efectiva y otra faceta económica, más o menos regulación, etc. El mundo está hoy practicando esas opciones, desde la que han elegido desde hace tiempo los países escandinavos, con un importante sector público  y, sobre todo, una importante fiscalidad que los financia al tiempo que redistribuye la riqueza hasta la que el gobierno Bush ejemplifica.

Pero desde un tiempo a esta parte se está produciendo a nivel mundial un clamor, “Otro mundo es posible” protagonizado principalmente por el Foro Social Mundial y que empezó siendo una alternativa al Foro de Davos, el de los ricos y hoy, año tras año, reúne a muchas iniciativas que nacieron al principio contra la globalización de carácter estrictamente económico y hoy abarcan más capítulos de la convivencia. Entre ellas destaca la defensa y el fortalecimiento de los derechos humanos.

5.1. La defensa de los Derechos Humanos .

La Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 fue la versión individual de los acuerdos de Bretton Woods en los que se buscaba estabilizar la situación económica de los Estados, procurar el bienestar mundial y evitar las crisis colectivas que llevaban a las crisis económicas y a las guerras. Sin embargo, las condiciones en que actuarían Naciones Unidas y los organismos paralelos, el Fondo Monetarioy el Banco Mundial fueron erosionando progresivamente esa estrategia fundacional. Primero la guerra fría y luego las guerras de Corea, Vietnam y ahora Afganistan e Irak iban a probar que la Unión Soviética y Estados Unidos los subordinaban todo a sus proyectos de dominación y, caída la Unión Soviética e iniciada la globalización económica, persisten las carencias y los peligros colectivos anteriores a Bretton Woods y una nueva dinámica, las multinacionales contra los Estados define la situación internacional.

La trayectoria que seguirían los derechos humanos fué distinta aunque en dos planos no necesariamente coincidentes. Ha crecido la legislación protectora pero sin afectar verdaderamente a todos sus posibles beneficiarios. La historia de los derechos humanos comienza antes de la Declaración, con los principios de la Ilustración que marcó el tránsito de una era política a otra. Su primera consecuencia fue el reconocimiento de la igualdad básica de las personas, con la abolición de la esclavitud. Y aunque todavía existen formas laborales y culturales de esclavitud, ya no es posible legalmente comprar y vender personas en ninguna parte del mundo. En un segundo momento, ya después de la Declaración de 1948, se fueron desarrollando dos tipos de derechos humanos, los derechos políticos de las minorías raciales y de género que en los años sesenta libraron una especial batalla en el mundo occidental, y especialmente los Estados Unidos. Paralelamente surgieron los derechos humanitarios, con la convención de Ginebra para prisioneros de guerra, las víctimas de calamidades, etc.

Ahora nos enfrentamos con una tercera generación de derechos básicos, a la salud, a la educación, a la vivienda, que van entrando lentamente en las nuevas Constituciones.

Esta tercera generación de derechos básicos incluyen los bienes comunes como la calidad del aire que respiramos, del agua que bebemos y que deberían concitar la acción de los Estados y, finalmente, de la ONU, para impedir tanto la privatización de esos bienes como la adopción de medidas coercitivas y de control para hacer posible el reconocimiento de esos derechos humanos hasta ahora desatendido. Pero no se trata de que la educación, la salud o la vivienda sean gratis. Muchos servicios se pagan a través de los impuestos, sobre todo los impuestos indirectos, que gravan al ciudadano a lo largo de su vida y principalmente a los más pobres. Tampoco se niega la utilización de tasas por uso de servicios públicos, según el modelo tradicional de las llamadas “utilities”, en el modelo anglosajón. Lo que la nueva conciencia colectiva afirma es que los derechos humanos no deben ser objeto de negocio, de especulación, deben estar “extra commercium”.

La afirmación de los derechos humanos no tiene una definición económica “per se” pero crea una lógica que inevitablemente choca contra la lógica neoliberal. El reconocimiento de los derechos humanos a la salud, a la educación, a la vivienda, al trabajo no puede ser una consecuencia de las transacciones en el mercado y obviamente llama a la creación o fortalecimiento de un sector público que el neoliberalismo condena.

La defensa de los derechos humanos concita la aparición de movimientos ciudadanos, de Asociaciones especialmente creadas para defender alguno o todos. E incluso algunas profesiones que no tenían en cuenta a los derechos humanos para realizar su cometido en la sociedad, los están reconociendo como parte de su deontología profesional. Es el caso de los Sociólogos.

El encuentro entre Sociología y Derechos Humanos es reciente. El tema de las libertades y derechos ciudadanos era clave en la Ilustración y los presociólogos, como Saint Simón, se ocupaban de ellos, pero la Sociología se hizo más fría, más analítica cuando sus introductores académicos, Comte, Weber, decidieron que, para obtener la misma reputación que los científicos de la naturaleza, deberían concentrarse en las causalidades sociales, abandonando el mundo de los valores.  Aquello no le sentó muy bien a Marx y algunos otros para quienes entender la sociedad debería llevar aparejado el cooperar a su cambio pero los sociólogos son hijos de sus circunstancias y el mundo académico de sus reglas.

La Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 se produjo cuando la sociología americana, la de los triunfadores en la segunda guerra mundial, se hizo abrumadoramente funcionalista. El capitalismo democrático, defendían, forma parte del entramado físico de la convivencia, es poco menos que natural aunque caben en él pequeños retoques fruto de la investigación. El modelo mejoró con el aporte keynesiano, el bienestar público como corrector de la iniciativa privada, pero los libros de Estructura social que estudiábamos en los 50 y 60 eran muy contundentes al negarse a aceptar muchas más averiguaciones y muchas más intervenciones públicas.

Sin embargo, desde la Escuela de Frankfurt, y sus aliados ingleses y franceses, se empezó a dar importancia a la teoría del conflicto como clave interpretativa de la evolución social y a la necesidad de democratizar el poder.

La cuestión vuelve a estar presente hoy cuando se nos quiere imponer otro paradigma conservador, la sabia e inexorable racionalidad del mercado que Thomas Frank ha criticado en su libro ya citado. Los sociólogos deben sentirse cómodos en el análisis y defensa de los derechos humanos sean de derechas o de izquierdas. En cierto sentido, algunos marxistas no se sentían cómodos con esa problemática porque, para ellos, la defensa de los derechos humanos sería una consecuencia de la toma del poder por la izquierda pero aparte de que eso significa demorar “ad calendas graecas”, los comunismos históricos han violado tan gravemente o más los derechos humanos como los capitalismos más puros del modelo chileno.

Abrazar la causa de los derechos humanos significa, simplemente, ayudar a los que los necesitan bien porque no los disfrutan o porque los tienen gravemente cercenados. Y los sociólogos están especialmente dotados para ello, al ser la profesión que tiene mayor información sobre las causalidades sociales y una metodología de análisis ya muy depurada. El paso siguiente, comprometerse en esa causa, resulta casi inevitable sin necesidad de ampararse en definiciones políticas previas.

El problema con la protección de los derechos humanos es su dificultad legal y económica.  Hay más de trescientos documentos internacionales y nacionales sobre protección de derechos humanos. Pero muchos no se cumplen, bien por inacción de los Estados, por ausencia de autoridad internacional ejecutiva y, en la mayoría de los casos, por falta de dinero.

Por señalar un solo ejemplo, los niños. Aunque existe una Agencia Internacional, UNICEF, para su atención, más de 25.000 niños menores de cinco años mueren al día por desnutrición, falta de agua potable, malaria, la mayoría en países pobres. Los estudios sociológicos ponen de relieve la relación de esta tragedia con problemas estructurales de la comunidad internacional y se hace necesario seguir llamando la atención al respecto desde una posición profesional comprometida.

Sociólogos sin fronteras propone que los derechos humanos sean la base de la deontología del sociólogo,  de su compromiso moral. En este sentido si un sociólogo americano recibe el encargo de analizar si la pena de muerte sirve para combatir el crimen, después de concluir que no, como es obvio, tiene que añadir que, además, es una violación de los derechos humanos. Claro que si el encargo se lo hacen en Texas o en Nevada, o en China o en Kuwait puede que no le contraten más. En cierto momento de la vida hay que elegir entre dar coba a los poderosos o amargarles la fiesta y si hacemos nuestra la deontología propuesta, nos deberíamos inclinar por la segunda opción, al menos si no estamos muy apretados de dinero.

Y aquí entramos en la cuestión final, en la opción individual que debe hacerse al respecto.

5.2. La recuperación de la ciudadanía

El mensaje neoliberal para los ciudadanos es muy sencillo y el presidente Bush lo expresó de forma concluyente cuando se dirigió a los neoyorquinos con ocasión de la caída de las Torres Gemelas. Su receta para recuperarse del shock fué “Salir de compras”. El neoliberalismo no nos quiere tanto ciudadanos como consumidores concentrados en nuestra vida privada, en nuestra familia, en nuestros problemas cotidianos, dejando la conducción de los asuntos públicos en manos de esa alianza entre Estados y empresas que forma la sustancia de la democracia capitalista. Para ello el neoliberalismo, sus principales valedores se han empeñado en una batalla para lograr la transformación de los medios de comunicación y lograr que éstos nos conduzcan a aceptar su filosofía de la vida.

De los años treinta a los cincuenta del siglo XX se produjo una importante fundación de periódicos en las principales ciudades europeas y americanas que, aunque pretendían una rentabilidad económica, deseaban sobre todo, y así lo explicaron sus fundadores, reflejar y educar a la opinión pública. Eran los únicos medios de comunicación, ni la radio ni la televisión existían,  y por aquel entonces se hablaba de la prensa como “el cuarto poder”. Sus protagonistas se ufanaban de criticar a los otros poderes, especialmente a los Gobiernos y estaban atentos a las violaciones de derechos humanos, a la corrupción política.  Insertaban publicidad pero se hablaba de un muro entre la redacción y los publicitarios que no debería nunca traspasarse.

Cuando empezaron a asociarse los periódicos, a crearse cadenas se llegó a hablar de que ese mayor tamaño les permitiría una mayor contundencia en sus críticas. No pasaría mucho tiempo, coincidiendo precisamente con el desarrollo de los otros medios, la radio y la televisión, sin que aquella independencia empezara a ser amenazada y hoy existe un poder mediático no crítico sino cómplice tanto del poder político como, sobre todo, del económico. A ello han contribuido los cambios estructurales que he estudiado en otros libros (El nuevo poder informativo en España y Manipulación mediática, Ediciones Libertarias, 1997, 99). Entre ellos destacan la concentración empresarial, los multimedia y, sobre todo, que los dueños de los medios ya no son empresarios especializados sino grandes grupos que tienen un apéndice mediático. Así en Estados Unidos, General Electric es dueña de la NBC y existen casos parecidos en todo el mundo, marcando el imperio de la publicidad. Cuando Los Angeles Times nombró un nuevo gerente y éste fue advertido del famoso muro de separación entre redacción y publicidad, éste contestó quer se compraría un bazzoka para derribarlo. Y es que como dice Giorgio Bocca, “antes los dueños de los periódicos vivían en sus palacios, disfrutando de sus beneficios pero ahora el verdadero dueño está en la redacción y son los publicitarios (Il Padronne in redazione”, Sperling Kupfer , 1985). Incluso Randolf Hearst, el gran magnate americano, se permitió decir que “el periodismo es lo que va entre los anuncios”.

De tal manera que puede decirse que el negocio de los medios ya no es tanto vender información y entretenimiento a sus lectores y audiencias sino vender lectores y audiencias a los anunciantes y, como consecuencia, su función principal no es tanto informar como entretener porque a esto se dedica principalmente la televisión y se contagia a los otros medios. Como explica Berlusconi: “bastante hartos llegan los televidentes a su casa, hartos del trabajo, de su jefe, del tráfico que no les vamos nosotros a complicar la vida, hay que entretenerles”. E igualmente, Azcárraga, el empresario mexicano: “La mayoría de los mexicanos llevan una vida muy jodida y no van a dejar de llevarla. De modo que en la televisión se olvidan un poco de ello”. “Cuantos más televisión ves, menos te enteras de lo que pasa”, es el título de un libro reciente. (Danny Schechter, Seven Stories Press, 1987).

La creación de una audiencia consumidora de entretenimiento comienza pronto, en la televisión para niños, que tiene un importante dosis de anuncios, los juguetes,  especialmente los videojuegos, que entrenan a los niños a ser jugadores desde muy pronto.
Mientras tanto la información decrece o es manipulada. Ya no solo son los políticos los que intentan controlar la información sobre su gestión sino también, y sobre todo, los empresarios que han logrado presentar una imagen muy favorable de sus productos ocultando sus defectos hasta que haya sido imposible hacerlo como ocurrió con la industria norteamericana de automóviles en los años ochenta.

La industria del entretenimiento aspira a puerilizarnos, a que nuestra vida sea trivial y que lo más importante de ella sea el pasarlo bien. Es lo que esplican claramente Norman Corwin, “Trivializing America. The triumph of mediocrity” (Lyle Stuart,1986) y Neil Postman, “Amusing ourselves to death”” (1985)

La cuestión es como impedirlo, como evitar que la prepotencia de los medios de comunicación nos hipnotice e impida que tengamos vida pública, impida que no progrese ese pronóstico de Robert Chesney: “Rich media, poor democracy” (University Of Illinois Pres, 1999), que felizmente afecta principalmente a América pero que tiene una pretensión de generalizarse, al generalizarse la democracia a la americana.

Y es éste el principal terreno de la contracultura que se está forjando a partir de las reuniones y las discusiones del Foro Social Mundial que, además de reunir muchas iniciativas de cambio, de solidaridad, de cooperación, exigen, como tarea básica, el progresar hacia un concepto de democracia más sustantivo.

El modelo occidental de democracia representativa, cuyo ejemplo principal es América, se ha ido reduciendo a un voto de confianza periódico, cada cuatro años, en un poder legislativo del que sale el ejecutivo. Pero el modelo está en claro desprestigio y por eso, y especialmente en América, la participación ciudadana es baja mientras que el dominio del dinero crece.  Las elecciones son cada vez más caras, dos billones de dólares las últimas y solo los candidatos que reciben el apoyo del dinero son capaces de permanecer activos durante toda la campaña. Y una vez elegidos han de devolver en favores el dinero recibido. Esta corrupción lleva a veces al fraude como ocurrió cuando el Tribunal Supremo americano impidió que se recontaran los votos de Florida, como pedía el Tribunal Estatal y la consecuencia fue la reelección de Bush.

Pero la aspiración a una democracia más sustantiva crece al situarse los derechos políticos en el contexto más omnicomprensivo de los derechos humanos económicos, sociales y culturales. A medida que más personas se creen con derechos a la libertad, a la salud, a la educación, al trabajo, lucharán con más ahínco por participar en las decisiones políticas que afecten a su reconocimiento. En ese sentido la política, para ellos, no es tanto el escenario de una lucha de intereses sino la manera de hacer avanzar los derechos humanos, individuales y colectivos, el bienestar general. De hecho, las encuestas prueban que una gran mayoría de gente concuerda con esa idea de la política y se duelen de que ésta se haya convertido en una confrontación entre partidos. La decepción con la política convencional se prueba en el crecimiento, dentro de la sociedad, civil, de toda clase de movimientos nacidos para promover esos derechos básicos, en una autoorganización ciudadana que actúa unas veces presionando a los gobiernos y otras creando instancias autónomas para satisfacerlos fuera del ámbito político.

Para ellos la democracia no es un fin en sí misma sino un medio para lograr esos fines y el corolario inevitable es que los ciudadanos deben tener una mayor participación en los asuntos que les conciernen. La idea de la democracia participativa tiene mucho que ver con la democratización efectiva de ciudades, lugares de trabajo, actividades culturales. En el artículo “Substantive democracy. Some considerations” ( número 1 de la revista Sociological Analisis, 2007), Judith Blau y yo comparamos los mecanismos de la democracia estadounidense con las muchas formulas de participación ciudadana que se están desarrollando a nivel local, estatal o global en el mundo de hoy y que afectan no solo a la esfera política sino a muchos intercambios humanos, incluyendo la economía. El mutualismo, el cooperativismo se está desplegando en extensos sectores de la vida contemporánea, una veces como respuesta a las carencias de los sistemas políticas y otras para proponer alternativas.

En este debate ocupa un lugar importante la discusión sobre el papel del mercado que para el neoliberalismo es central y para los partidarios de la democracia sustantiva debe ser circunscrito a solo una parte de los intercambios humanos.

Son dos lógicas, la del neoliberalismo basado en el beneficio a corto plazo y la lucha de intereses y la de la democracia sustantiva, basada en un amplio concierto sobre la necesidad de hacer avanzar los derechos humanos.
El siglo XXI va a ser el escenario de su confrontación, como anuncia Stiglitz:
El fin del neoliberalismo?
“El mundo no ha sido amable con el neoliberalismo, esa caja de sorpresas de las ideas que se basa en la noción fundamentalista de que los mercados se corrigen a sí mismos, asignan los recursos con eficiencia y sirven bien al interés público. Este fundamentalismo del mercado estuvo detrás del thatcherismo, la reaganomía y el denominado "consenso de Washington", todos ellos a favor de la privatización, de la liberalización y de los bancos centrales independientes y preocupados exclusivamente por la inflación.
El fundamentalismo del mercado sirve a ciertos intereses y la teoría económica no lo respalda
Durante un cuarto de siglo, los países en vías de desarrollo han estado en pugna, y está claro quiénes son los perdedores: aquellos que siguieron políticas neoliberales no sólo han perdido la lotería del crecimiento, sino que cuando esos países crecían, los beneficios iban a parar desproporcionadamente a las clases más altas.
Aunque los neoliberales no quieren admitirlo, su ideología también ha fracasado en otra prueba. Nadie puede afirmar que los mercados financieros hicieran un trabajo estelar en la asignación de recursos a finales de la década de 1990, cuando un 97% de las inversiones en fibra óptica necesitaron años para ver la luz. Pero al menos ese error tuvo una ventaja inesperada: con la bajada de los costes de la comunicación, India y China se integraron más en la economía mundial.
Pero es difícil ver muchas ventajas en la enorme e inadecuada asignación de recursos al sector de la vivienda. Las casas construidas recientemente para familias que no podían pagarlas se están deteriorando a medida que millones de estas familias se ven obligadas a dejar su hogar y sólo quedan en pie las fachadas. En algunas comunidades el Gobierno ha tomado por fin cartas en el asunto y está retirando los restos. En otras, la destrucción se extiende. De modo que incluso aquellos que han sido ciudadanos modelo, endeudándose con prudencia y manteniendo sus casas, descubren ahora que los mercados han hecho que disminuya el valor de su vivienda más allá de las peores pesadillas.
Ciertamente, este exceso de inversión en el sector inmobiliario tuvo sus beneficios a corto plazo: algunos estadounidenses disfrutaron, aunque sólo fuera durante unos meses, de los placeres de ser propietarios y de vivir en una casa más grande de lo que podían permitirse. ¡Pero a qué precio para sí mismos y para la economía mundial! Millones perderán los ahorros de su vida con la casa. Y las ejecuciones de hipotecas de viviendas han precipitado una recesión mundial. Cada vez se coincide más en el pronóstico: esta crisis será prolongada y extensa.
Y los mercados tampoco nos prepararon bien para el encarecimiento del petróleo y los alimentos. Por supuesto, ninguno de los sectores es un ejemplo de economía de libre mercado, pero ése es en parte el argumento: la retórica del libre mercado se usa selectivamente; se asume cuando sirve a intereses especiales y se descarta cuando no es así.
Quizá una de las pocas virtudes del Gobierno de George W. Bush es que el desfase entre retórica y realidad es menor que con Ronald Reagan. A pesar de toda su retórica de libre mercado, Reagan impuso restricciones comerciales a mansalva, incluidas las famosas restricciones de exportación "voluntarias" a los automóviles.
Las políticas de Bush han sido peores, pero el grado en que ha servido abiertamente al complejo industrial y militar estadounidense ha sido más meridiano. La única vez que el Gobierno de Bush se volvió ecológico fue cuando empezó a subvencionar el etanol, cuyas ventajas para el medio ambiente son dudosas. Las distorsiones del mercado de la energía (en especial a través del sistema tributario) continúan, y si Bush hubiera podido salirse con la suya, las cosas estarían peor.
Esta mezcla de retórica de libre mercado e intervención estatal ha funcionado especialmente mal para los países en vías de desarrollo. Se les dijo que dejasen de intervenir en la agricultura, con lo cual sus agricultores quedaron expuestos a una devastadora competencia por parte de Estados Unidos y Europa. Sus agricultores habrían podido competir con los estadounidenses y los europeos, pero no con las subvenciones estadounidenses y europeas. No es de extrañar que las inversiones en agricultura en los países en vías de desarrollo desaparecieran y que el desfase alimentario se agravara.
Los que prodigaron este mal consejo no tienen que preocuparse de mantener un seguro contra demandas por negligencia. Los costes los soportarán los países en vías de desarrollo, en especial los pobres. Este año veremos un gran aumento de la pobreza, sobre todo si la medimos correctamente.
Dicho de manera más sencilla, en un mundo de abundancia, millones de personas en los países en desarrollo siguen sin poder pagar las necesidades nutricionales básicas. En muchos países, la subida de precios de los alimentos y la energía tendrá consecuencias especialmente devastadoras para los pobres, porque estos artículos constituyen una parte más elevada de sus gastos.
El enfado en todo el mundo es palpable. Los especuladores son blanco de buena parte de esa ira, lo cual no es sorprendente. Los especuladores sostienen que no son la causa del problema, sino que simplemente se dedican al "descubrimiento de precios", o en otras palabras, están descubriendo -un poco tarde para hacer mucho respecto al problema este año- que hay escasez.
Pero ésa es una respuesta poco honrada. Las expectativas de subida y volatilidad de los precios animan a cientos de millones de agricultores a tomar precauciones. Puede que ganen más dinero si guardan un poco de su grano hoy para venderlo más tarde; y si no lo hacen, no podrán pagarlo si la cosecha del año siguiente es menor de lo esperado. Un poco de grano sacado del mercado por cientos de millones de agricultores de todo el mundo se convierte en mucho.
Los defensores del fundamentalismo del mercado quieren achacar la culpa no a los fallos del mercado sino a los fallos del Gobierno. Cuentan que un alto cargo chino decía que el problema era que el Gobierno estadounidense debería haber hecho más por ayudar a los estadounidenses de rentas bajas con sus viviendas. Estoy de acuerdo. Pero eso no cambia los hechos: los bancos estadounidenses gestionaron mal el riesgo en una escala monumental, y esto tuvo repercusiones mundiales, mientras que los que dirigen estas instituciones se han ido con miles de millones de dólares como compensación.
Actualmente percibimos un desajuste entre los beneficios sociales y los privados. Pero a menos que estén escrupulosamente alineados, el sistema de mercado no podrá funcionar bien.
El fundamentalismo de mercado neoliberal siempre ha sido una doctrina política que sirve a determinados intereses. Nunca ha estado respaldado por la teoría económica. Y, como debería haber quedado claro, tampoco está respaldado por la experiencia histórica. Aprender esta lección tal vez sea un rayo de luz en medio de la nube que ahora se cierne sobre la economía mundial”.
La presente crisis financiera está demostrando no solo que los gestores de las multinacionales y sus principales clientes son avariciosos sino que no son muy inteligentes. La conversión de las hipotecas “subprime” en extraños productos financieros que muy poca gente entiende les ha afectado también y ya algunos reconocen no saber como salir de esta situación mientras la gente común se desepera porque la acción de unos pocos ha conducido a la hecatombe de la economía.

Por otra parte, nada muy distinto de la Gran Depresión del 29.