EMOCIONES
ALBERTO MONCADA

Con el paso de los años dormimos peor, nos despertamos más veces,  no es tanto insomnio como duermevela y en esos momentos se ponen a trabajar los “fantasmas de nuestro cerebro”, como les llamó Gironella. Son impresiones, retazos de memoria y, sobre todo, excesos imaginativos que nos hacen ver la realidad en términos más negativos que cuando estamos despiertos. Por eso la luz del día es la gran sanadora de nuestras obsesiones de madrugada. “He tenido un mal sueño” no siempre describe un sueño verdadero sino esas ráfagas de ensoñación desagradable que se padecen en la duermevela.
La duermevela tiene mal arreglo. La moderna farmacopea receta drogas diversas para el entontamiento pero casi es peor porque prácticamente todas tienen efectos secundarios sobre nuestro estómago, nuestra musculatura y hasta nuestra lucidez.
La duermevela es el principal escenario de la soledad, de esa soledad existencial que nos sobrecoge cuando descubrimos  que estamos radicalmente solos. Ese descubrimiento o redescubrimiento nos acontece principalmente de noche aunque haya una persona querida a nuestro lado.
¿Y como se lucha contra el sentimiento de soledad?
En primer lugar, claro, ejercitando nuestra condición de animal social. El hombre está radicalmente sólo pero está también radicalmente predestinado para la compañía y cuando a una persona se le castiga al confinamiento solitario por mucho tiempo, casi siempre pierde la salud mental. Por algo ese castigo es la preferencia de los especialistas en torturas, profesión que hemos vista crecer en los albores del siglo XXI. Recordar que no estamos sólos, que tenemos familia, amigos es la mejor receta para esas amarguras nocturnas.Y revivir los mejores momentos de esas compañías.
Pero todo ello requiere una imaginación entrenada en la buena ensoñación, que es casi un arte. De ahí que hoy se publiquen tantos libros de autoayuda sobre las actitudes positivas para quienes no han podido cultivar ese arte que es, también, un ejercicio de autoengaño. Quien puede vivir sin un poco, o un mucho, de autoengaño, de ese poder desprenderse de las malas experiencias a fuerza de negarlas, de minimizarlas, de  apartarlas de la imaginación?.
Pero muchos no saben usar esas ensoñaciones positivas y entonces, sobre todo los más débiles, caen en el otro gran ejercicio anti soledad, la emoción de pertenecer. Sentir que perteneces no sólo a tu familia sino tambien y, sobre todo, a un grupo, a una iglesia, a una patria grande o chica, a un club es la gran solución cuando nuestra vida personal se nos empequeñece. Pertenecer es casi inevitable pero lo que está a nuestro alcance es medir el grado, la ración. En suma decidir personalmente cuanto entregamos de nuestra libertad y autonomía para hacernos a cambio con un consuelo, con una seguridad psicológica. El pertenecer intensamente nos libra del problema de la autodefinición, de las decisiones personales, de llevar a cuestas tu propia vida.
Mucha gente débil y alguna gente miserable se sienten fuertes o cometen vilezas  precisamente porque el grupo les da ánimos o excusas para hacer lo que hacen. “El patriotismo, decía Johnson, es el último refugio de los canallas”
Yo soy español o vasco, yo soy católico o musulmán, yo soy del Barsa o del Madrid son pensamientos que nos fortalecen en esas noches de insomnio o duermevela y que incluso pueden ser más eficaces que las referencias a emociones más personales como el amor. Mientras uno está enamorado, y en la medida en que lo esté, las noches son tan luminosas como los días.
Hay pocos que mencionan esa otra gran causa de seguridad psicológica, el ser rico, el poder hacer e imaginar las consecuencias de tener mucho dinero pero para que el dinero nos alegre la noche hay que tener mucho. Es precisamente la falta de dinero, como la falta de salud, lo que contribuye a la negrura de muchos insomnios.
En todo caso, las emociones fuertes nos ayudan  al subrayar nuestra pertenencia a algún grupo, al convencernos de que somos ricos por lo menos en algo y a amortiguar la soledad fruto de nuestra debilidad consustancial.
Las emociones son una manera de superar el frío análisis de la razón, de ese escudriñar los condicionantes, las circunstancias de nuestra vida. Por eso las emociones son tan peligrosas y, por eso, se hace necesario que la educación de las nuevas generaciones incluya cautelas para no dejarse dominar por ellas. Bien está que nos consuelen por la noche pero está mal que nos dominen durante el día.
Alberto Moncada es presidente de Sociologos sin fronteras