ANTIAMERICANISMO ACTUAL

ALBERTO MONCADA

El patriotismo americano se extiende hoy por el resto del mundo occidental y parece casi de obligada comunión, con su correspondiente satanización del antiamericanismo. Al fin y al cabo, dicen tantos europeos, a Estados Unidos le debemos nuestra supervivencia en la segunda guerra mundial y debemos estar a su lado en lo que ellos consideran la tercera. Estamos, como es natural, ante un caso de exacerbación de las emociones. Nunca se había televisado en directo un acto de terrorismo con tanta fuerza simbólica como el dirigido al epicentro del poder financiero y con tanto acompañamiento de muerte y sufrimiento. Los americanos se han enrollado en su bandera que usan con una asiduidad desconocida en otros escenarios y nos piden que hagamos lo mismo.

Proamericanismo y antiamericanismo tienen componentes emocionales y, por eso, ambos necesitan frialdad mental para analizarlos, algo escaso en tiempo de guerra. De esa frialdad dan muestra bastantes de los comentarios que están apareciendo en la prensa europea, incluso en la americana como para compensar la simplificación televisiva que ofrece mensajes más elementales. Más leer y reflexionar y menos ver televisión, podría ser la receta para entender lo que está pasando. Ya ocurrió en la guerra del Golfo en la que se decretó una desinformación televisiva que fue felizmente compensada por bastantes periódicos independientes.

Lo primero que hay que entender es el antiamericanismo y no asombrarse de su versión más dramática, más cruel. El Imperio americano, como los anteriores, ha desarrollado muchos enemigos, unos intelectuales, otros emocionales y algunos, mezcla de ambos, de los que proceden los operativos del terrorismo antiamericano.

El antiamericanismo intelectual nació en los años sesenta y fue una curiosa alianza de americanos y no americanos en torno a la guerra del Vietnam, por una parte y, por otra, contra los valores del capitalismo a la americana que exacerbó Ronald Reagan y ha llegado hoy a consecuencias extremas con la globalización de la desigualdad y la instauración de las fuerzas del mercado como principales actores de esta nueva civilización hipermercantilizada.

Los epítetos contra el modelo están ya escritos en todos los idiomas y desde todas las perspectivas, incluyendo la de intelectuales americanos como Noam Chomsky. Muchos pensadores europeos se duelen de que las nuevas generaciones del Viejo Continente hayan sido seducidas por esa prisa de correr por el “fast lane”, el carril rápido, desde un individualismo tan descarnado que reduce las relaciones laborales a un oportunismo de codicias y ajustes de cuentas a muy corto plazo. Es un neodarwinismo vestido de colores por la manipulación mediática que divide a la gente en triunfadores y perdedores.

El antiamericanismo emocional nace entre los afectados por las guerras del Imperio, unas más políticas, como la del Vietnam y otras más mercantiles, como las practicadas en América Latina donde Washington ha apoyado a los peores dictadores, a las fuerzas más antidemocráticas con la excusa de la guerra fría pero a favor de los intereses económicos de sus multinacionales y los aliados locales de ellas.

La cantidad de horror, de terrorismo de Estado que se ha guisado en los pasillos del poder americano y en las Academias de formación de militares latinoamericanos anticomunistas está empezando a aflorar en los documentos recién desclasificados por Washington. Sin embargo, ni las Madres de Mayo ni las victimas de Pinochet, Somoza, Stroessner, el Sha de Persia y tantos otros tiranos han necesitado tal información para mantener sus reclamaciones ante una justicia que todavía no es internacional porque Estados Unidos se niega a que se ponga en marcha el Tribunal correspondiente.

Las guerras civiles centroamericanas son la principal dislocación del Nuevo Continente, fruto de esa otra versión militante del Imperio que, no hace mucho, aterrorizó Panamá, produciendo miles de muertos por su urgencia en apresar a un viejo sicario de la Cia, que se había tornado, como tantos otros, en enemigo.

La confrontación entre Palestina e Israel y, en general, de todo lo que tiene que ver con el petróleo del Oriente Medio, ha producido otros horrores que han crispado a muchos musulmanes de donde parece que surge la versión más fanática del antiterrorismo americano.

Frente a ese antiamericanismo emocional y, sobre todo frente a la mezcla de ambos, las mentes frías recetan la restauración de la política y, sobre todo, la intervención de organismos internacionales pero Estados Unidos se niega a apoyar a la ONU, como se niega al establecimiento del Tribunal Penal Internacional y prefiere una versión militar de aliados occidentales comandada por ellos mismos. Los enemigos de los Estados Unidos son los enemigos de la civilización occidental.

No es difícil entender tanto el proamericanismo como el antiamericanismo y por ello es tan necesario no caer en sus trampas. La del primero es la lealtad indiscutida, la del segundo es la agresión como solución de conflictos. Los ciudadanos del siglo XXI necesitamos una segunda Ilustración para ponernos en guardia, una vez más, contra esos dos grandes peligros de la Humanidad, el extremismo patriótico y el extremismo religioso.