EL BIGAMO DE BALTIMORE

ALBERTO MONCADA

Se llama Jim y ha sido un caso célebre de la justicia norteamericana. Jim es un cincuentón neoyorquino que se casó joven con una vecina de su barrio de Queens. Sin mayores retrasos, al calor de la cultura en que crecieron, los dos jóvenes fundaron una típica familia de clase media, dos hijos concebidos y criados en una casa nueva del mismo barrio, comprada con un préstamo barato por su condición de veterano de la guerra de Vietnam. Jim, que pertenece a esa mitad de norteamericanos sin estudios superiores, ha sido, sin embargo, un trabajador esforzado del gremio textil. Empleado de almacén, vendedor de calle, sus ingresos, mezcla de salario corto y comisión por ventas, le han permitido mantener bien a los suyos, incluso evitar que su mujer trabaje, y mandar a sus dos hijos a la Universidad. Porque sus padres y los de ella eran de los que creían y así les enseñaron que el sitio de la mujer es el hogar y que la mejor herencia que se puede dejar a los hijos es un título universitario.

Representante para toda la Costa Este de una firma importante, Jim empezó a pasar días fuera de casa y a adquirir el símdrome de la soledad hotelera que tan gráficamente expresó Wilder en "La muerte de un viajante".

Las tardes y noches fuera de Nueva York, una vez terminada su jornada de trabajo, se le hacían eternas y, harto de tomar copas en el bar del hotel y de ir al cine solo, comenzó a buscar compañía en Baltimore. Baltimore era la otra esquina de su zona de ventas, de modo que él dormía los miércoles y los jueves en Baltimore y los viernes regresaba a Nueva York. Pronto medio se enredó con una divorciada, a la que descubrió un carácter parecido al de su mujer. Iban al cine, cenaban juntos y a los pocos meses se iban a la cama, unas noches en el hotel, otras en la casa de ella. Al cabo de un año, la mujer le propuso que, puesto que vivía sola, era mejor que esas dos noches las pasara en su casa, así gastaría mucho menos y le aseguró que a ella le apetecía guisar para él y que donde esté la comida casera que se quiten los restaurantes. El apaño agradó a Jim que incluso se hizo cargo de algunos gastos domésticos y así empezó a llevar en Baltimore la misma vida que llevaba en Nueva York. Su vida se relajó, mejoraron su salud y sus ventas. El único problema era que, a veces, confundía las cosas hablando con una y otra mujer y se hacía algunos líos que ambas le perdonaban, achacándolo al mucho trabajo. La mujer de Baltimore estaba, por supuesto, al tanto de su vida neoyorquina y le preguntaba mucho por sus hijos que estaban cada uno en una Universidad distinta, gastando muy juiciosamente el dinero de papá. Pero un día un amigo de New York les vió juntos y tomandola por la mujer legítima, preguntó a ésta que le parecía Baltimore. Se armó el correspondiente lío, hubo un juicio por bigamia y el pobre hombre no pudo convencer a los jueces y menos a su mujer de que él no se sentía particularmente delincuente sino esclavo de las circunstancias. ¿O es que no se puede querer a dos personas, separadas además por quinientos kilómetros?. Fué condenado y acaba de salir de la cárcel hecho un pingajo. Para colmo, no ha podido volver a su trabajo porque también la empresa considera que su conducta afea al colectivo de empleados. Y es que, como comentaba un periodista, a los viajantes de comercio les convienen más las putas o los programas “porno” de los hoteles.