LA DESAMORTIZACION ESCOLAR

ALBERTO MONCADA

Ya ocurrió antes. En los años setenta, con la especulación inmobiliaria desenfrenada, el suelo escolar de las ciudades españolas empezó a disminuir. Frailes y monjas, y algún que otro laico, vieron la mano de Dios en aquellas ofertas de quienes les daban un buen dinero por sus colegios del casco urbano y encima les construían otro nuevo en el extrarradio. Y al extrarradio se fueron con sus clientelas de clase media dejando espacio para usos más lucrativos en las ciudades. En 1981, Ana Oliveras nos advirtió del alcance de la operación en su “Desdotación escolar y cambio de uso” (CSIC, 1981). Ahora vienen otros vientos, aunque la sustancia es la misma. Al grito de libertad de elección de centros y de competitividad empresarial, se trata de instalar un supermercado educativo en el que nuestras clases medias encuentren el producto ideal para sus hijos e hijas, previa una intensa exposición a la inevitable operación propagandística. “Cámbiese a nuestro colegio y verá como su hijo se lo agradecerá”. “Nuestros tutores son los más competentes y serviciales”. “Aquí enseñamos ciencia, buenos modales y mucho más”. ”Nosotros somos los verdaderos colegios católicos. Desconfíe de las imitaciones”. Incluso algún experto de derechas ha recogido la antorcha del inviable cheque escolar y lo quiere convertir en la clave de la reforma, como si a los gitanillos de la Celsa les bastará acudir con su cheque escolar a los colegios de Somosaguas o de Mirasierra para que les admitieran.

Los vientos favorables al modelo de mercado no hacen sino exasperar los perfiles estructurales de la escolaridad obligatoria, uno de los asuntos que se cerraron en falso en la transición y que revela hasta que punto estamos alejados de los restantes países de Europa. Porque los países europeos habían resuelto ya este asunto a primeros de siglo. Cuando se prohibió el trabajo de los menores, los gobiernos organizaron una escolaridad obligatoria universal porque, como dijo el ministro francés Jules Ferry: “Para que podamos costear la educación de los pobres es necesario pagársela también a los ricos”. El político centrista quería expresar que la escuela nacional republicana no podía ser una alternativa a la confesional sino una parte de los servicios que el Estado prestaba a toda la población a cambio de los recién generalizados impuestos. El que quisiera algo diferente, que lo pagase de su bolsillo. Desde entonces, la escuela primaria europea es abrumadoramente pública y ni siquiera en Italia, donde está domiciliada la empresa educativa privada más importante del pasado, la Iglesia católica, se da un céntimo fiscal a sus centros, que, por otra parte, apenas existen en el segmento obligatorio. Los niños europeos, de los seis a los catorce años, van todos al mismo sitio, a la escuela pública cuya mayor virtud, según también el ministro Ferry, debía ser la accesibilidad. “La mejor escuela es aquella a la que los alumnos puedan ir a pié”. Las escuelas se convierten así en parte del tejido urbano y las calles de las ciudades son lugar de juego ...hasta que llegaron los coches. Pero recordemos nuestra historia reciente.

En la España franquista se instaura la educación primaria clasista, pública para los pobres, privada para los ricos y la clase media aunque es de justicia recordar que ningún Gobierno de Franco se atrevió a subvencionar la privada. La Iglesia tenía libertades, privilegios legales y hasta el control ideológico del Ministerio de Educación pero no recibió ni un duro del Estado hasta que llegó la democracia. Fueron los Gobiernos de la UCD y después los del PSOE los que establecieron el sistema de conciertos y subvenciones con la excusa de que no había dinero ni tiempo suficientes para consolidar la oferta pública. En el fondo ello no era sino un guiño electoral a las clases medias que preferían, y siguen prefiriendo, no mezclar sus niños rubios con los más morenos. ¿Qué se ha conseguido con ello?. Además de prolongar indefinidamente la discriminación social de los menores, el modelo de mercado impide la planificación. En los países europeos la organización y expansión de la enseñanza obligatoria forman parte de la planificación urbana. Cada nuevo barrio tiene un espacio escolar, como lo tiene sanitario o de transporte público y, descontando la demografía, hoy decreciente, se prevén los puestos escolares necesarios para que ningún alumno tenga que marcharse muy lejos. En España, la especulación inmobiliaria ha impedido no ya la planificación educativa sino cualquiera otra y sólo los barrios de clase trabajadora, los dormitorios del extrarradio pobre, tienen una suficiente oferta pública de escolaridad obligatoria. Por mor de esa desdotación escolar de los cascos urbanos tradicionales, muchos alumnos de clase media tienen hoy que cursar las nuevas asignaturas obligatorias del transporte y el comedor escolares.

Son esas debilidades estructurales que compartimos con Grecia, con Portugal, que nos separan de Francia o Italia y que acercan nuestras ciudades no a Roma o a París sino a Lima o a Caracas. Porque lo característico del subdesarrollo es, en primer lugar, la cantidad de dinero que la población tiene que gastarse para acceder a unos servicios que en los países desarrollados son gratuitos y, en segundo lugar, las diferentes ofertas privadas de los mismos porque, como me decía un viejo limeño: Aquí, el estado de tu salud, como el de tu educación, dependen del estado de tu bolsillo”.

¿Y cuales son las ventajas de ese supermercado de la educación, de esa elección de centros que hoy tanto se nos ensalza?. ¿Cuales son las razones de esta segunda desamortización escolar, la primera fue de suelo y la actual de clientelas?.

En España lo clasista ha estado unido a lo ideológico. Ir de pequeño a los jesuitas o a las Damas Negras significaba que ibas a tener más oportunidades en tu educación posterior, mejores modales y, sobre todo, mejores conexiones. Pero eso ya no está tan claro hoy. La mejora progresiva de la escolaridad pública, primaria y secundaria, ha hecho disminuir bastante las diferencias anteriores. Muchos alumnos de la primaria privada van a la secundaria pública y en muchos barrios la primaria pública apenas se distingue de la privada, para bien o para mal. La cultura infantil se homogeneiza en la televisión y en el consumo aunque el factor principal de la homogeneidad escolar es, naturalmente, la homogeneidad del magisterio. Por imperativo legal, los maestros tienen que ser titulados y ya no se permiten aquellos privilegios de los antiguos colegios religiosos de hacer equiparable su plantilla de frailes y monjas observantes a la de titulados. También ha disminuido, y sigue disminuyendo, el número de frailes y monjas dedicados a la enseñanza porque sólo en zonas rurales surgen esas vocaciones de jóvenes dispuestosa dar clase sin cobrar y encima sin emparejarse. Los colegios religiosos tienen mayoría de profesores laicos y los frailes y monjas se dedican a la administración o a la indoctrinación. Que tampoco es ya lo que era.

Lo que la jerga sociológica llama el curriculum invisible, lo que aprendes aunque no te lo propongas, consiste hoy en una predicación obsesiva de la competitividad, del sobresalir, del sacar buenas notas al precio que sea. La moral de la solidaridad está siendo sustituida por la del triunfo personal y lo que los padres piden a los maestros, públicos o privados, religiosos o laicos, es que sus hijos, más que moral, tengan futuro. El enemigo de hoy no es el demonio o la carne sino la televisión y los videojuegos. Hasta las organizaciones más conservadoras predican el evangelio del mercado. Rafael Termes, conocido miembro del Opus Dei, la organización que ha sustituido a los jesuitas en la educación de las elites, lo acaba de explicar en su reciente libro “Antropología del capitalismo”(Plaza Janés, 1993). Según Termes, que, como es lógico, no es teólogo sino banquero, el capitalismo competitivo es consustancial a la naturaleza humana, una especie de segunda revelación divina que ha de ser imbuida en los cristianos desde pequeñitos.

Pero, además, el modelo de mercado está consolidando una oferta privada de escolaridad obligatoria que nació en las carencias del franquismo, en aquellas academias de piso de los barrios pobres a los que ni el Estado ni la Iglesia acudían. Convertidas hoy en redes de escolaridad alternativa,empresarios, cooperativas de profesores ambiciosos y otros protagonistas de la privatización de lo público, apuestan a la vez a la subvención estatal y al bolsillo privado. Y frente a su discurso supuestamente modernizador, hay que subrayar que, en muchos casos,sus empleados, los maestrosque trabajan para ellos, son los más prescindibles, los más susceptibles de sufrir las nuevas modas de contratación laboral.

En fin, no esperaba yo que el PP iba a caer tan pronto en la trampa de hacer suyo el evangelio del mercado en el sector educativo, entre otras razones porque en ese partido hay funcionarios públicos que conservan la memoria histórica de la reforma educativa progresista. En los tiempos ingenuos de la Junta Democrática, de la Plata junta, muchos de ellos compartían esa esperanza de la izquierda europeísta en una escolaridad primaria pública, universal y gratuita como fundamento de la convivencia democrática entre todos los españoles. Pero, por mucho que los hayan convencido, pese a todo el entusiasmo privatizador, en la escolaridad obligatoria lo tienen mal porque si se proclama la libertad de elección y parte del dinero público deba seguir a la decisión de las familias, ¿cómo se puede hacer un mínimo plan de inversiones y, peor aún, un plan de recortes?.