DORMIR JUNTOS

ALBERTO MONCADA

La sociología norteamericana, en esos abismos de privatización a los que desciende por mor de sus fuentes de financiación, acaba de presentarnos un estudio sobre el emparejamiento doméstico o más bien sobre los hábitos caseros de las parejas. Es un trabajo hecho a conciencia con un montón de encuestas y variables y de él extraigo un tema que me ha fascinado siempre, cual es la costumbre de dormir juntos los esposos. El estudio de marras afirma lo obvio, que casarse en la clase media significa compartir el lecho pero que, sin embargo, a medida que pasa el tiempo, muchas parejas, casi un tercio de los que tienen más de cuarenta años, prefieren la cama doble. En estos tiempos de codicia institucionalizada, es un signo de riqueza tener dormitorio separado, con cuarto de baño independiente e incluso vestidor propio. Y aunque la mayoría de las parejas dicen preferir la cama para hacer el amor, ello no significa, ni mucho menos, que también prefieran dormir juntos porque, salvo en épocas tempranas, la noche está hecha para descansar, especialmente ahora que la mujer y el marido salen los dos corriendo a trabajar por la mañana. El estudio analiza las contradicciones de los hábitos del sueño, incluyendo ese pacto sobre qué lado prefiere cada uno y que, sin duda, justifica, por sí sólo, la experiencia prematrimonial. Hay quien necesita una hora de lectura para dormirse mientras su pareja lo hace nada más poner la cabeza en la almohada. Notorias son las peleas sobre la temperatura ambiente, el abrir o cerrar las ventanas y, sobre todo, el famoso asunto del ronquido, un defecto mayoritariamente masculino según el estudio, que rompe la armonía cuando no toda la convivencia conyugal. Dormir juntos ha sido, para nuestra tradición católica, parte importante del sacramento, algo así como un preámbulo del famoso débito y a los confesores de nuestras madres no les gustaba nada que se jugara con la separación del tálamo, preludio de tantas calamidades conyugales. Una variable que no tiene suficientemente en cuenta, a mi juicio, la encuesta norteamericana, es la dimensión de la vivienda. Yo me figuro que los nidos de amor de las nuevas generaciones, salvo naturalmente los de los hijos de los ricos, favorecen la comunidad de lecho e incluso, si la pareja aumenta en descendencia más que en ingresos, la intimidad, tanto individual como marital, termina sucumbiendo a la cultura de la pobreza sureña, donde la gente vive amontonada y termina por acostumbrarse. Marcar distancias entre personas, incluso para dormir, parece, pues, uno de los signos de la modernización a la americana, aunque un amigo mío sostiene que, en realidad, la principal razón por la que las mujeres se casan es para que les calentemos la cama en invierno.