EL ABORTO Y EL MUNDOECLESIÁSTICO

 

Por Alberto Moncada*

E1 dominio de la mujer sobre su determinación fisiológica, "la máquina de fabricar niños", parece creciente e inevitable. A medida que los sistemas educativos y sanitarios se generalizan, y se perfecciona la química anticonceptiva, las mujeres pueden organizar su biografía amorosa, profesional y maternal,
cada vez con menos riesgos físicos y con menor intervención ajena. La Humanidad lleva toda su historia tratando de desenchufar el placer sexual de la procreación y parece que ya lo ha consegu¡do. Con la píldora RU 486 a punto de entrar en la seguridad social europea el asunto lleva camino de convertirse en tema de cuarto de baño femenino, del que no se entere n¡ siquiera el eventual fecundador. Quizas por esa ampliación histórica de la libertad de la mujer, grupos ideológicos y religiosos de clara connotación machista han vuelto a desatar la campaña política antiaborto. Pero las prinieras escaramuzas han probado que el colectivo femen¡no es un hueso duro de roer a la hora de
renunciar a sus conquistas. El partido republicano norteamericano, que había incorporado, con Reagan, a extensos sectores del antiabortismo político, se lo está pensando dos veces. Impresionados por la masiva concentración pro choice celebrada recientemente en Washington, aligunos asesores de Bush tratan de conrapesar al fundamentalismo cristiano que le apoya y le aconsejan rebajar la retórica y le insisten en que para ser republicano no hace falta ser antiaborto. Pero la Casa Blanca lo mide todo en términos electorales.

Sin embargo, la Iglesia católica, que parecía haber asumido, al menos en Europa, el caracter secular de la opción, vuelve a las andadas, demostrando una vez más los estrechos límites en que se mueve hoy su ¡nfluencia y la obsión morbosa que hacia el sexo siguen teniendo sus solteros jerarcas.

El carácter de agencia cultural de la Iglesia jerárquica se ha transformado sustancialmente. Entre otras novedades, ya no se la percibe como una institución cercana al poder, ni siquiera en los Sures sino, crecientemente, como una opción personal, de carácter moral, existencial, y por tanto, voluntaria. Sólo en América Latina, centro demográfico del catolicismo contemporáneo y, sobre todo, del venidero, la cultura eclesiástica sigue enredada en la política, y no precisamente muy a gusto de la sede central romana. En Europa, y también en Norteamérica, la Iglesia trata de reconvertir su poder de influencia al mundo de lo privado, a la familia. Pero, inevitablemente, esta reconversión conserva restos de su antigua vocación política, con una pretensión de condicionar al legislador civil. Pero, además, la Iglesia católica, que en esto recibió la influencia del judaísmo veterotestamentario, ha sido, es, natalista, en el contexto de los Estados nacionales, donde parte del patriotismo, de la grandeza nacional, tiene que ver con los números. Una faceta de ello es la indoctrinación natalista de los grupos emigrantes, étnicos, cuyos pastores defendían y aun deflenclen la fecunclidad femenina por las mismas razones que los líderes judíos, aumentar las dmensiones del rebaño elegido, para no ser absorbidos por las tribus circundantes.

El control del comportarniento sexual femenino es un tema favorito de la predicación eclesiástica aunque las últimas encuestas revelen que, en los países occidentales, España entre ellos, las mujeres católicas, en su gran mayoría, no aceptan los consejos vaticanos al respecto ni identifican su fe con ellos. Sin embargo, la posición eclesiástica sobre el aborto no fue siempre la misma y el terna del aborto no era tan central a su predicación. De hecho, en la doctrina clásica de la Iglesia, el tomismo, se afirma que Dios insufla el alma al feto un cierto tiempo después de l concepción, aproximiadamente en esos tres rneses en que la mayoría de las legislaciones europeas permiten el aborto sin motivos. Pero el Papa actual no se conforma con condenar cualquier aborto, sino todos los métodos anticonceptivos, y es incluso renuente la información sexual, algo que también afecta a la posición eclesiástica respecto al sida.

Ante semejante actitud, muchos observadores fundamentan la obsesión sexual vaticana en ese, celibato eclesiástico que tan inseguros psicológicamente a los pastores del rito romano. Como ha explicado tecientemente, Elairle Pagels (Adan, Eve ind the Serpent. Editorial Ranidon House, 1998), la tradición de la Iglesia occidental se ha decantado del lado del agustinisino un términos de pesimismo antropológico, con importantes consecuencias políticas y psicológicas, curiosamente, entrelazadas. Como es sabido, para el obispo de Hipona, el deseo sexual, la libido, es un desorden, consecuencia del primer pecado de desobediencia, que se transmite con el semen, y del que sólo Jesucristo, concebido virginalmente, está exento y nos puede exonerar vicariarnente. Por tanto, cada vez que sentimos su impulso, se nos recuerda nuestro estado natural de desequilibrio y nuestra inclinación perniciosa, el que "no somos de, fiar. De ahí, San Agustín extrae nada menos que la legitimidad del poder político para enderezar a sus súbditos, siempre que lo haga de acuerdo con la Iglesia. Por eso, en la indoctrinación del emparejamiento destaca la estricta subordinación a la fecundidad de un acto que debe practicarse sin satisfacción. Es algo que late en la educación cristiana de la mujer, espléndidamente ejemplificado en el consejo victoriano de las madres, a sus hijas casaderas: "When that thing happens, close your eyes and think of England".

El golpeteo de la libido en un cuerpo célibe le enfurece contra sí mismo, le recuerda su estado de postración y su impotencia moral, y sirve de aderezo para las extrañas relaciones del sacerdote con las mujeres, especialmente las relaciones amorosas y sexuales, según cuenta el teólogo alemán Hubertus Mynarek, en su libro Eros y clero (Caralt, 1979). En cierto sentido, la opción eclesiástica por no interrumpir los embarazos no deseados significaría considerar a la maternidad como un castigo a las mujeres "ligeras de cascos".

El perfil humano del sacerdote católico, y especialmente el de los que hacen carrera en el poder eclesiástico, no está acoplado a la nueva función pastoral de una Iglesia que compite con las otras, y aún con otros grupos, en hacerse con la clientela religiosa de la sociedad contemporánea. Muchos dicen que deberían empezar por casarse, para "saber lo que es bueno", y sobre todo, para perder esa fascinación con la mujer y con el sexo, tan propia de los que reprimen sus querencias emocionales y fisiológicas. Otros piensan que la cosa mejorará cuando haya mujeres en el sacerdocio. Algunos psicólogos sostienen que la represión afectiva y sexual del clero romano, en vez de conducirles al misticismo o al desapego mundano, les lleva frecuentemente a los desórdenes en la materia puestos de manifiesto en los casos abundantes de pederastia descubiertos y condenados en los Estados Unidos.

Lo cierto es que, en el terna del aborto, la sociedad conoce muy bien los condicionantes económicos y educativos del asunto y que las recetas para aliviar tan dolorosas decisiones femeninas -no hay feminismo pro aborto- comienzan bastante antes de la concepción. Desde una Ética civil se, pone de relieve la inconsistencia entre la defensa del nasciturus y la negligencia respecto a la miseria y la mortalidad infantiles. Pero la denegación de apoyo del Gobierno Bush a la difusión de los medios anticonceptivos en el Tercer Mundo ha coincidido con ese renovado fervor antiabortista del aparato eclesiástico romano y la consecuencia ha sido, incluso en los Estados Unidos, un crecimiento del aborto furtivo y de los índices de mortandad y enfermedad en la población infantil.

* Sociologo.