LA AVENTURA AMERICANA

ALBERTO MONCADA

Volver a empezar, como reza la melodía de Cole Porter, es quizás la consigna básica de la aventura americana. La corta historia del país prueba que los hitos importantes de la aventura americana son momentos en los que la gente se rebela contra los determinismos. Así fueron la rebelión inicial contra la Corona inglesa, la quiebra de la América esclavista, la recuperación de la recesión del 30, la era Reagan y su contrapunto, la era Clinton. Dá la impresión de que parte de la cultura del Nuevo Mundo está hecha de eso, de no permitir que te acogoten los determinismos, de retomar el rumbo de tu biografía, la individual y también la colectiva. Probablemente ello tiene bastante que ver con la mentalidad del emigrante, con ese impulso de cambiar de escenario cuando te sientes asfixiado o impotente en el anterior. En el siglo XX los Estados Unidos han crecido más por la emigración que por la fertilidad nativa. Sólo en la década de los ochenta casi diez millones de emigrantes han llegado a América, desde Europa, desde Asia pero, sobre todo, desde América latina. Muchos, sobre todo mexicanos y centroamericanos, son vagabundos que quieren hacer todas las Américas y no sólo la suya propia. Los jóvenes, especialmente, quieren vivir a todo lo ancho de la América del dólar, unas veces al norte y otras al sur del río Grande. Pero otros, hartos de miseria y de dictaduras, de conformismos y de aburrimientos, pretenden mudarse al país de las oportunidades y volver a empezar. No les importa que sus parientes o los periódicos les digan que en el norte no atan ya a los perros con longaniza o que la situación no es buena. Por cada pobre marginado y desesperado de los guetos de Nueva York, Los Angeles o Chicago, hay diez candidatos a la aventura americana esperando pasar la frontera legal o ilegalmente. Y cuando llegan se aplican a la faena de tal forma que los trabajadores nativos les cogen manía. Por cómo aceptan trabajos duros sin rechistar, por cómo hacen bajar los salarios. No hay peor enemigo del emigrante reciente que su primo ya instalado. No hay trabajador seguro de su empleo. Esa competitividad radical, que no reconoce más complicidades que para hacerse rico, está en el fondo de esa dinámica tantas veces neurótica de la aventura americana. Los americanos, a diferencia de los europeos y, sobre todo, de los latinos, se van de casa pronto, a organizarse por su cuenta y, gracias a la mezcla de condicionantes culturales y tecnológicos, cambian varias veces en su vida de trabajo, de residencia, de vivienda e, incluso, de pareja. Desde los años cincuenta, en que tener coche era casi sinónimo de ser americano, el vagabundeo existencial es muy frecuente y la soledad una compañera biográfica. Poner en marcha el coche y largarse es algo que todos hemos deseado hacer en algún momento de nuestras vidas pero que en América lo pone en práctica mucha más gente que en Europa. En el inglés coloquial, dejar algo, un trabajo, una ciudad, tu pareja para siempre, se dice "for good", es decir, para bien. Esa radical inestabilidad, unida a la citada competitividad, explican otra connotación importante de la aventura americana que es la violencia. Desde la violencia institucional, esa libertad de contratación laboral que permite a los dueños gritar a sus empleados: "You are fired", estás despedido, sin mayores formalidades, hasta los modos de solución de conflictos, a golpes, a navajazos, a tiros que el americano presencia o protagoniza personalmente desde la escuela y vicariamente en su televisor. La América prototípica es todavía un poco el Oeste, con sus peleas, con sus ciudades sin ley, con sus matones y, siempre, con las armas. El sagrado derecho de la autodefensa, detrás del cual hay un poderoso "lobby" y una gran industria, se convierte en algo natural cuando la ciudad y el campo, las urbes gigantes y las nuevas urbanizaciones carecen del tejido social de la vecindad antigua, son agrupamientos de individuos asustados porque, en algún momento, te pueden asaltar. Los maniacos del orden organizan sus propias batidas, especialmente de negros pobres y, de vez en cuando, un loco bien armado rocía de metralla un supermercado, una escuela, una cafetería. Tantas cuantas veces los políticos han intentado limitar el derecho a la autodefensa armada, la omnipotente Asociación Nacional del Rifle lo ha impedido, de modo que se siguen pudiendo comprar por correo, contra catálogo, desde antiguos revólveres a esas rápidas metralletas que hacen las delicias de los rambos reales o imaginarios de todo el mundo. La aventura americana es, sin duda, la más caliente que se ha producido en la historia y, desde que el Imperio americano se ha quedado sin rival, es también el modelo que más atrae a las nuevas generaciones de europeos y asiáticos como horizonte si no de toda su vida al menos de un trozo importante de ella. Como todas las aventuras humanas termina mal, pero nadie puede reprochar al héroe que no haya vivido intensamente.