LA CRISIS DE LAS GRANDES CIUDADES
HISTORIA Y RAZONES DE UNA CRISIS

ALBERTO MONCADA

La historia de la ciudad tiene tres etapas: la ciudad mercantil, la ciudad industrial y la ciudad burocrática. Son etapas no excluyentes , en ellas se produce sucesivamente una acumulación de funciones, y en la última, la ciudad burocrática o de servicios, hay componentes nuevos que contribuyen a que la mayoría de las ciudades grandes, sobre todo en el Tercer Mundo, se conviertan en casi lo contrario de un lugar civilizado de convivencia. Porque la primera ciudad, la mercantil, significó básicamente la superación del regimen feudal. En la ciudad europea del Renacimiento se respiraba el aire de la libertad del que hablaba el Dante y al llegar a ella se encontraba uno al abrigo de los poderes fácticos del campo, de los señores que, en la Edad Media europea como en la Centroamérica contemporánea, componían sus mesnadas mediante levas forzosas de campesinos inermes. La unión de la vivienda, el trabajo, la cultura y el ocio en un mismo lugar fué el gran hallazgo de la civilización moderna y en ese escenario de intereses y libertades se produce el florecimiento de las artes y de las ciencias y se plantan las semillas de la convivencia democratica. El tránsito producido por la Revolución industrial supone, sin embargo, una quiebra de ese orden, de esa promesa de armonía ciudadana y participación política. La producción en serie se asienta en las ciudades decimonónicas, con las secuelas deshumanizadoras que nos relata Dickens y nos explica Marx. Y la vivienda, como el trabajo, se empieza a convertir en objeto de explotación y de beneficio de los dueños y los especuladores, protegidos por la primera versión del capitalismo. Finalmente,la gran ciudad de hoy es el resultado, no sólo de una acumulación de funciones sino de una convergencia de conflictos. Por una parte, la gran ciudad esresultante y sumidero de la crisis rural, surgida de la mecanización de la agricultura y el derecho eminente del propietario, que convierte a las urbes enreceptáculo de demografía sobrante, de esas muchedumbres desarraigadas que acuden a la búsqueda de la mayor protección del ámbito urbano. Por razones conexas con la anterior, en la gran ciudad contemporánea se exasperan las tensiones sociales y raciales, sobre todo después de que las poblaciones coloniales y los trabajadores invitados en épocas de despegue económico se asientan en las metrópolis y se reproducen en ellas. De esta forma se consolida un troceamiento del espacio urbano en zonas de producción y de consumo, diversas producciones y diversos consumos, y sobre todo, enáreas ricas y sórdidas,-los barrios altos y bajos del modelo industrial-, cuyos puntos de contacto y cuyos diversos tráficos, concentran un alto grado de violencia y anomía.

Los grandes temas urbanos, que constituyen ya el principal tema político de países como el nuestro, son la regulación del suelo y el acceso a la vivienda, los problemas del transporte, la calidad de la vida (agua, aire, energía, ruido, desechos, contaminación),la seguridad, la sociabilidad y, sobre todo ello, la ausencia de una cultura urbana que homogeinice poblaciones crecientemente hostiles.

Quizás el tema más obvio sea el de los usos del suelo y la ordenación de la vivienda. La Revolución industrial marcó una abrupta transición en la problemática urbana, que se ejemplifica en aquellas ciudades ingleses, Manchester, el mismo Londres, de principios del siglo XIX. Pequeñas ciudades artesanales y mercantiles, sedes de Gobiernos y Parlamentos, se transformaron en concentraciones fabriles, donde la iniciativa de los industriales gobernaba el uso del suelo y los modos de asentamiento de la población. Los nuevos proletarios, venidos del campo, se arremolinaban en casuchas que rodeaban a las fábricas, mientras los señores y los antiguos pobladores, artesanos, comerciantes, funcionarios, buscaban un cierto alejamiento, lo que dió lugar a la creación de barrios de clase media y al establecimiento de zonas residenciales.

Durante un largo periodo, tanto en Inglaterra y en Europa, como en América, el mundo urbano siguió las vicisitudes del desarrollo industrial, con sus períodos de bonanza y decaimiento, sin que, hasta el final de la guerra mundial, con ocasión de la reconstrucción bélica, se plantearan los gobiernos, funcionales al capitalismo, la posibilidad de intervenir globalmente en los usos y los precios del suelo. El incremento de la emigración rural a las ciudades, que se hizo ya transnacional y endémica, proporcionó nuevas razones a la acción pública. Es entonces cuando comienza sistemáticamente la teoría y la práctica de la planificación urbana.

Las políticas gubernamentales han oscilado, por un lado, entre la intervención, como la creación de ventajas fiscales en lugares alejados de las urbes, la construcción de viviendas públicas o protegidas, la planificación de usos del suelo, el control de rentas, la regulación de las actividades industriales y comerciales, etc y, por otro, la aceptación, más o menos concluyente, de las leyes del mercado, lo que se traduce en el predominio de los grandes intereses industriales y financieros, que tienen, cada vez más, un lucrativo apéndice inmobiliario.

Nuevos factores se añaden, como el desarrollo del Estado bienestar, que hace más factible la vida en las ciudades para las personas menos activas, para los parados y donde las burocracias de todo tipo engendran empleos basados más en la presión de la demanda de trabajo y en políticas laborales subsidiarias, que en la existencia de iniciativas productivas convencionales. El empleo a su vez engendra nuevas necesidades de vivienda y así, en los años sesenta y setenta se generan esas megalópolis, esas conurbaciones, en las que se suceden las actividades económicas, las de habitación y las de ocio, sin solución de continuidad, y a cuya corta etapa de bonanza vino a poner un abrupto fin la crisis del petróleo de los setenta.

En los años ochenta, con la disminución de la acción pública en vivienda, y al calor de la expansión económica del período neoconservador, el asunto se ha recalentado de tal manera que la obtención de una vivienda en términos razonables y su funcionalidad al trabajose ha convertido en el principal problema de la incorporación de las nuevas generaciones a la independencia y a la vida activa. El suelo, las casas, ya no son una necesidad que se alquila o se compra. De su valor de uso hemos pasado, a través de diversas etapas de especulación inmobiliaria, a que tanto la clase media como la alta, tanto las empresas nacionales como las transnacionales, los consideren como una inversión, casi como un activo financiero. La llegada a España del capital internacional se caracteriza por ese ánimo especulador. Apenas crea empleo, más bien se especializa en comprar a la baja empresas y tierras y, en compañía del dinero ilícito, el que se origina en el tráfico de drogas y armas, logra duplicar, triplicar el costo del suelo. Esto se consigue en España con el apoyo estratégico del decreto Boyer, que consagra la libertad de precios y el cambio de uso, expulsa de las ciudades a las familias más necesitadas, aleja del casco urbano a las nuevas parejas y consolida al negocio de la recalificación y el tráfico de influencias inmobiliario como el mejor de todos los que se pueden hacer en la España de las grandes ciudades.

La crisis del petroleo incide en otro de los temas claves, el transporte. La coalición de intereses de la industria del motor, del petróleo, de los urbanizadores, consiguió en los años cincuenta, más en América que en Europa, transformar la manera de vivir de la clase media, a la que se le ofreció vivienda cuasi rural, en las afueras de la ciudad y unas carreteras por las que conducir el coche de casa al trabajo y viceversa. Paralelamente hubo un decrecimiento del transporte público, con un claro perdedor, el ferrocarril, que solamente en el norte y el centro de Europa ofrecía, con el complemento del tranvía y del metro, una cierta competencia al protegido tráfico automovilístico. La historia de los conflictos subsiguientes, con enormes inversiones en carreteras, calles autovías, túneles, elevados y otras fórmulas de aliviar la densidad, y las consecuencias nocivas, contaminantes, insalubres, de tal medio de transporte, está escrita desde todas las perspectivas y en todos los idiomas y ha degenerado en la situación actual, donde el transporte privado ahoga a la ciudad mientras va perdiendo su atractivo el modelo de "commuting" que sedujo originariamente a la clase media. La posibilidad de conciliar los intereses de la industria del automóvil, y sus derivados y adláteres, con los necesidades urbanas, definidas crecientemente en términos menos productivistas, es uno de los terrenos más obvios de conflicto y de renegociación de intereses económicos y políticos, y la acción gubernamental se debate entre la definición de un bien común distinto al formulado durante la época de la expansión industrial y la falta de legitimación, e incluso de capacidad coactiva, para reordenar inversiones y gastos públicos y privados. Por ejemplo, la circunstancia de ser España, por razones obvias, el país europeo con más fábricas de automóviles, que contribuyen poderosamente a la formación del producto nacional, al empleo y a la fiscalidad, complica poderosamente la posibilidad de efectuar una reconversión del transporte, no sólo el urbano, sino también el regional y el nacional.

A medida que mejora la información sobre las necesidades urbanas y su previsión, y también y especialmente, por presión del ecologismo, se ha generado en el mundo occidental una conciencia de los problemas materiales de las grandes ciudades, que van desde el abastecimiento del agua potable y la energía hasta el tratamiento de los fenómenos producidos por la masificación y la especulación, como la ausencia de espacios comunitarios, el deterioro de la calidad del aire, la contaminación atmosférica producida por las combustiones domésticas, industriales y del tráfico, el crecimiento de los niveles del ruido, de los desechos, incluído el tratamiento y almacenamiento de éstos. En algún caso, el precio que zonas menos pobladas o ecosistemas más rurales, o el país en su conjunto, han de pagar para mantener los consumos de la gran ciudad son desproporcionados. Hay ciudades, como Los Angeles, que cada vez ha de traer el agua potable desde más lejos, y Barcelona sería el ejemplo español.

Con el crecimiento de las grandes ciudades, hay constantes colisiones entre el uso agrícola, industrial y doméstico del agua, la energía y otros recursos. Y hay, sobre todo, una sensación de que la fórmula de la gran ciudad, en su versión actual, es un contrasentido económico, al convertirse sus habitantes en ciudadanos subvencionados por el resto de la población.

Ciertamente que la fórmula de la gran ciudad ha servido para paliar las consecuencias de los desarreglos y desequilibrios regionales fruto del productivismo capitalista, y, como la subvención a la agricultura, utilizada para compensar los desequilibrios estructurales, la gran ciudad se ha convertido en la fórmulade dispensar apoyo a los desempleados, a los marginados, a ese tercio ausente del proceso productivo. La conversión de las grandes ciudades en centros gestores y suministradores de prestaciones sociales y empleos improductivos, que está en la raiz de su masificación, su relativa tolerancia de conductas desviadas, su capacidad de expansión de los servicios públicos elementales, como educación y salud, la han privilegiado a la hora de decidir la utilización de fondos de corrección de las rigideces y las injusticias del sistema económico, pero todo ello tiene un límite, la posibilidad física y económica de seguir creciendo y la progresiva transformación de la convivencia urbana en un espacio conflictivo.

Este sería el añadido final de la crisis de la gran ciudad, su transformación en zona de conflicto, la puesta en cuestión de la sociabilidad, producida por varios factores y, entre ellos, por la dificultad de conciliar los intereses de grupos humanos separados por su nivel de vida, por su acceso al bienestar, por su origeny, crecimientemente, el agravamiento de los delitos y las extorsiones que conllevan varios tráficos ilegales, siendo el de drogas el principal de ellos.

El que la mayoría de las grandes ciudades estén situadas en zonas donde rigen los principios de la competencia económica, en ocasiones dura e irrestricta, las convierten en escenarios de confrontación. En la mejor tradición de las mafias de todas las épocas, especuladores de terrenos, explotadores de la economía sumergida, traficantes de drogas, pandillas de ladrones, toda clase de vampiros urbanos, se organizan para crear miedos, explotación y adicciones, que a su vez engendran violencia y caos. Las fuerzas de seguridad, no siempre de parte de la ley y el orden, apenas dan abasto para garantizar la paz ciudadana y, para suplirla, los intereses más predominantes han creado cuerpos privados, más comprometidos en la defensa de éstos que en los generales y productores, en ocasiones, de más violencia.

La separación de barrios, que antaño tenían fronteras infranqueables, no es hoy tan obvia; los tráficos legales e ilegales, así como las personas, las cruzan con bastante impunidad y la vieja división entre barrios altos y bajos se rompe hoy en varias subdivisiones, guetos, suburbios pobres, suburbios ricos, zonas de oficinas, industriales, barrios dormitorios, etc, donde se producen conflictos sobreañadidos.

Uno especialmente notorio es la colisión racial, entre nativos y emigrantes, entre distintos colores de piel, que está generando, especialmente en Europa,otro episodio de racismo, que vendría a ser la versión metropolitana de los antiguos racismo y clasismo coloniales.

La rapidez e intensidad de la emigración rural y foránea, en tantos casos tercermundista, ha hecho más dificil el proceso de integración, de socialización en la cultura de la ciudad, la adquisición de lo que apropiadamente se llamaba "urbanidad, civismo". En el caldo de cultivo de la competitividad capitalista, se produce una especie de fragmentación de legitimaciones y normativas, una anomía, que, junto a las mayores soledades de la gran urbe, se traducen en la ausencia de aquella solidaridad global que caracterizaba a las ciudades más pequeñas de épocas anteriores y, por supuesto, en la progresiva liquidación de las lealtades rurales que grupos heterogéneos, desde los nuevos señores urbanos hasta los emigrantes, tratan de mantener en la gran ciudad.

Latradición de civilidad y libertad que las ciudades habían heredado de sus antecesoras, constituídas en garantes de espacios de derechos humanos, cuando no de fueros, respecto a la más salvaje y opresiva estructura rural, se rompe a impulsos de las nuevas fuerzasdisgregadoras.

Incluso esa tradición de tolerancia, de permisividad, que han tenido los espacios urbanos frente a otras rigideces sociales, y que permitieron el florecimiento de subculturas de todo tipo, de las artes, de la creación, en suma de la libertad individual y grupal, se ha resquebrajado en tantos lugares e instancias, por la fuerza de las presiones costumbristas de la masificación, que impone otros modos de simbolización. Frente a ello, y como una reacción agónica, resurgenlas glosas a la soledad urbana, encarnada en tantas formas de alienación y marginación como hoy se expresan, por ejemplo, enlos nuevos y tantas veces siniestros almacenamientos de población queconstituyenlos guetos interiores, los apéndices dormitorios de las urbes, las villas miseria del suburbio pobre.

Como reacción frente a tantas inercias, a tantos conflictos, y bajo distintas presiones, los gobiernos centrales, regionales y locales se constituyen hoy, junto a variadas iniciativas ciudadanas, en plataformas de discusión y eventual acción, vehiculada principalmente en torno a la sistemática del planeamiento urbano.

En un Curso de verano de la Complutense, celebrado del 20 al 24 de septiembre, sociólogos como Tomás Villasante, Soledad García, Victor Urrutia, Ken Livinstone y Boris Kagarlinsky, urbanistas y arquitectos como Bernhard Winkler, Fernando Roch, Oswaldo Román, Luis Tamarit, Miguel Angel Pascual, Erminia Menecate y Bernardo Ynzenga, hemos analizado y discutido, una vez más, esta problemática. Las ponencias que siguen a esta introducción son la prueba de ello y, como se puede comprobar, todos estamos más seguros a la hora de diagnosticar que a la de recetar.

En el libro "Eurociudades", que contiene los documentos y los materiales que sirvieron de base para la conferencia Eurociudades, que tuvo lugar en Barcelona en abril de 1989, varios autores dan cuenta de los antecedentes y las perspectivas del asunto, con especial énfasis, como resulta de su ámbito, en las cosas que han sucedido y están sucediendo en la Comunidad europea.

Desde el analisis de los procesos de descentralización y desurbanización, a los más recientes de reurbanización o revitalización, pasando por los temas demográficos, económicos, de gobierno y administración, que encaran las principales aglomeraciones europeas. Algunos de los expertos pronostican un relanzamiento del planeamiento urbano para encauzar y pacificar las nuevas fuerzas, los nuevos conflictos. Es muy dificil, como ellos mismos dicen, hacer un juicio sobre la bondad y viabilidad de las medidas que se proponen y adoptan en un espacio, por otra parte tan privilegiado como el europeo. Porque casi al mismo tiempo de la celebración de la conferencia, y sin incidir en ella, se estaban produciendo los acontecimientos de la Europa del Este, y el enésimo capítulo del desgarroNorte-Sur a escala mundial. Y aunque se defienda que la dinámica propia debe serel principal factor desencadenante de un nuevo tratamiento del fenómeno de las grandes urbes, su contexto más amplio mostrará, hoy como ayer, la dureza de su influencia. Y si algunos analistas, con más entusiasmo que lucidez, proponen que la ciudad, la cultura urbana, se convierta en el punto de partida del nuevo ajuste de solidaridades, a escala mundial, nadie garantiza que lo que ocurra sea justamente lo contrario, la tercermundización de las grandes urbes a escala planetaria, la ratificación de esa homologación creciente entre Lima, Sao Paulo, Nueva York, Calcuta y Madrid. Una tercermundización, que no está precisamente producida por un declive global, sino por la agudización de los conflictos de clase, raza, edad e intereses en un escenario carente de lazos u respetos comunes que no sean los del dinero o la fuerza, y que podría convertirse perfectamente en la prueba de fuego del sistema democrático en el siglo XXI.