LA DEPREDACION DEL PLANETA

ALBERTO MONCADA

Después de la segunda guerra mundial la Humanidad disfrutó de un período ininterrumpido de progreso material. Desde mitad del siglo hasta hoy, el producto bruto se ha quintuplicado a impulsos del aumento de población y las nuevas tecnologías. Pero también desde mediados de siglo el mundo ha perdido la mitad de su tierra cultivable, un quinto de sus bosques y docenas de miles de sus especies vegetales y animales. Durante el mismo período, los niveles de carbón dióxido en la atmósfera se han incrementado en un 13% y la zona protectora de ozono de la estratosfera ha disminuido en un 2%. Lagos y bosques moribundos acompañan nuestra industrialización y, según Lester Brown "... la degradación ambiental está produciendo, por primera vez desde la agricultura intensiva, una reducción significativa en la cosecha mundial de grano, algo que tiene que ver con las hambrunas existentes en Africa y América Latina". (Informe sobre el estado del mundo, Worldwatch Institute, 1990).

La productividad de bosques y praderas está disminuyendo también como consecuencia del aumento de los metros cuadrados destinados a vivienda, industria y carreteras. Lo que está ocurriendo, en último término, es un declive global en la capacidad del planeta verde de producir la fotosíntesis, la habilidad vegetal de usar la energía solar para realizar la productividad biológica primaria, sin que la ciencia haya encontrado por ahora una forma de frenar ese declive ni la economía política un modo de proteger eficientemente los recursos naturales renovables o de sustituir los no renovables.

Y es que el concepto de progreso material, de productividad económica, está medido de tal manera que, por ejemplo, incluye la depreciación de la maquinaria industrial pero no la del capital original, entendiendo por tal los recursos naturales. Hay una creciente conciencia colectiva de que los indicadores económicos necesitan modificarse para tomar en cuenta esos factores negativos. Si se tuvieran en cuenta las consecuencias medioambientales de la actividad económica, tales como la progresiva erosión del suelo agrícola o la disminución de los bosques y correlativa ampliación de los desiertos, la contaminación atmosférica o la pérdida de diversidad biológica, el modelo de progreso material, de desarrollo que predomina en los cálculos económicos convencionales perdería su atractivo. Sobre todo si se sigue basando en una distribución injusta de sus ventajas que llegan escasamente a un tercio de la población mundial. Y lo que convierte al argumento en definitivo es que aún mucho más grave sería la situación para el equilibrio planetario si esa distribución injusta se remediara, es decir, si, por ejemplo, la población china, uno de cuatro habitantes de la tierra es chino, accediera al nivel de consumo y servicios de los norteamericanos. Basta imaginar las consecuencias globales de que cuatro mil millones de chinos resuelvan sus necesidades de transporte a base del coche individual.

El presente modelo de industrialización significa también que, por primera vez en la historia, el hombre puede influir sobre la temperatura de la tierra de modos antes reservados a las alteraciones geológicas. El calentamiento de la temperatura del planeta preocupa a los científicos y, desde Río, parece que algo también a los políticos. Los modelos de simulación por ordenador prevén la llegada de una situación catastrófica para mediados del siglo XXI si persiste el modo actual de producción y consumo de energía, especialmente si sigue creciendo la cantidad de carbón dióxido que contamina nuestra atmósfera. La combustión de carbón y petróleo, unida a la deforestación produce un incremento tal de concentración de dióxido de carbono que, de no limitarse drásticamente, supondría la disminución de las condiciones de habitabilidad del planeta para dentro de veinte o treinta años. Algunos sitios son peores que otros. No es lo mismo vivir en áreas industriales que en montes forestales ni en zonas donde se controla la emisión de gases a aquellas que las fuerzas del mercado campan por sus respetos.

Por esa razón, junto a una creciente toma de conciencia internacional que va descendiendo lentamente al terreno legislativo nacional, se está creando una preocupación por soluciones alternativas a una clase de energía que, por el momento, satisface el setenta por ciento de nuestras necesidades. Estas alternativas, nuclear, geotermal, eólica, solar se encuentran actualmente en el centro de una discusión política, con componentes técnicos y económicos, acerca de los modos de calentarnos y enfriarnos, de transportarnos, de producir y transformar los alimentos y las materias primas que han estado basados en los últimos cincuenta años en la preponderancia y baratura de la energía fósil. Hoy, tanto los estudios sobre los límites históricos de ésta como de factibilidad de las otras permiten plantear fórmulas de disminución de los riesgos de calentamiento global aunque alguno de sus corolarios exigirían una alteración de las costumbres adquiridas en esos cincuenta últimos años, algo sin duda más difícil en los países cuya adicción es más antigua.

El incremento de la temperatura de la tierra, y en particular, el efecto invernadero, se hace de notar en otra de las grandes escaseces naturales por venir. La del agua. El consumo de agua crece tanto por la intensificación de la producción agrícola fruto del aumento de población como por las necesidades industriales y de servicio que este crecimiento impone. Más de un setenta por ciento se usa en la irrigación de las superficies agrícolas y la lucha por el agua, tanto entre agricultores como entre éstos y otros usuarios ha ensangrentado bastantes páginas de la historia y podría convertirse en razón de próximas guerras regionales. A juicio de los expertos, mucho se puede mejorar la eficiencia del uso, la calidad de los depósitos y conductos, la educación de los usuarios y los pactos entre ellos pero el ciclo hidrológico, la transferencia del agua entre mar, aire y tierra, del que depende su disponibilidad, parece que está siendo modificado por el efecto invernadero. Aunque la investigación tiene todavía notorias limitaciones, parece que un aumento de la temperatura de la atmósfera puede alterar la transferencia, disminuyendo el saldo resultante de la precipitación y la evaporación y a eso hay que añadir, los efectos poco conocidos de las consecuencias sobre los vientos, la humedad y la formación de nubes. Laintensidad de huracanes, inundaciones gotas frías y otros fenómenos en los últimos años, con sus desastrosas consecuencias, podrían deberse a estas razones.

Pero el agua tiene un problema añadido y es el de su calidad. La industrialización vigente recién comienza a plantearse el problema de los vertidos. En los países ricos y en los pobres las fábricas vierten a los ríos, a los lagos, sus desechos fluidos, que las más de las veces son letales para la flora y la fauna acuática y contaminan gravemente los acuíferos. Los problemas de la potabilidad del agua se plantean ya incluso en zonas alejadas de sus usos agrícolas e industriales donde es normal que los fertilizantes y pesticidas y los agentes químicos de los procesos fabriles terminen incorporándose al agua de consumo.

Y junto al agua, el aire. La contaminación del aire que respiramos es hoy un hecho generalizado. Primero fueron los efectos del carbón, luego los de los automóviles y hoy cualquier proceso de combustión termina añadiendo al precio del producto o servicio en cuestión el indeseado de la contaminación. Sus efectos en la salud se han notado incluso en los no nacidos y como anécdota se cita la circular del cuerpo diplomático acreditado en la ciudad de México que desaconseja a las mujeres quedarse embarazadas durante su estancia en la capital azteca. Signos más significativos de la contaminación son la lluvia ácida, que afecta tantos al agua dulce como a bosques y praderas y la progresiva erosión de monumentos. Recientes estudios han certificado que el Partenón y otros monumentos griegos han sufrido más en los últimos cincuenta años que en todo el período que va desde su erección. La contaminación pasa a la cadena alimenticia en forma de envenenamiento de los vegetales y animales que reciben su impacto y da lugar a procesos carcinógenos similares a los del tabaco. La posibilidad de reducir la contaminación depende de factores técnicos y económicos. Algunas marcas automovilísticas han incorporado ya a sus vehículos mecanismos reductores de la emisión de gases contaminantes, algunas gasolinas han reducido su coeficiente de plomo pero, junto a ello hacen falta decisiones económicas que el mercado no premia. Casi tan importante como el reajuste económico es el de las costumbres. El modelo americano de transporte, que prima el coche individual y la carretera sobre el medio colectivo y el ferrocarril, sigue influyendo incluso sobre culturas tan tradicionalmente amigas de las vías férreas como las del norte de Europa. Remodelar los espacios urbanos y el tráfico de personas y cosas son la suprema aspiración de los diseñadores ecologistas que, pese a todos sus estudios y demostraciones,aun no han conseguido sentarse en la mesa de las decisiones en los países ricos y mucho menos en la de los pobres.

A los vertidos contaminantes en forma fluida o gaseosa se han unido hoy los vertidos sólidos. La civilizaciónde usar y tirar que, promovida por la baratura del plástico y las nuevas formas de empacar y envasar, se hace hoy presente en nuestras omnipresentes y costosas basuras, tiene una versión industrial, los residuos industriales sólidos, que acompañan o se funden a los líquidos para incrementar la contaminación. La construcción de lugares seguros de almacenamiento y tratamiento de residuos, la incineración de éstos, su exportación a países pobres constituyen hoy un capítulo inevitable de la escena fabril, con anécdotas como esos barcos cargados de sustancias venenosas que van de puerto en puerto y terminan buscando silenciosamente una cala desierta para descargar sus desechos. Nada, sin embargo, es tan temido como el subproducto de la combustión nuclear, que examino a continuación.