LA INDUSTRIA DE LA TERCERA EDAD

ALBERTO MONCADA

Las modificaciones demográficas en los países ricos, sobre todo en sus clases pudientes, están produciendo interesantes efectos económicos y sociales. Hay muchos norteamericanos, alemanes, ingleses, hombres y sobre todo mujeres, que llegan a los ochenta y pico de años sin muchos achaques, con una buena pensión de jubilación y sin nada que hacer. En los últimos diez años, la Florida, aquella tierra a la que Ponce de León viajó en pos del elixir de la juventud, se ha llenado de urbanizaciones de viejos, unas más suntuosas que otras. El ala sur de la playa de Miami contiene una docena de hoteles a los que emigran en invierno cuantos norteños viejos pueden permitirse ese lujo, unas doscientas mil pesetas al mes en pensión completa, y la observación de su comportamiento es un ejercicio de microsociología, que para los españoles lo es también de anticipación. El viejo, la vieja, de clase media, se define hoy por estar a una cierta distancia de sus hijos y nietos y gastar sus horas en una mezcla de cotilleo nostálgico, juegos variados y atención a la salud, con el que han sustituido a sus anteriores ocupaciones domestico profesionales. La emancipación de los abuelos, tema al que han dedicado más de una tesis los sociólogos contemporáneos, es, sobre todo, una consecuencia de las nuevas circunstancias urbanas. En la vivienda moderna sólo cabe una parejacon un par de hijos, las distancias están acabando con el adosado familiar de hogares, que permitía a los abuelos y a los nietos ir y venir de uno al otro, y la sociedad de consumos ha proporcionado a los mayores formas nuevas de gastar tiempo y energía. En los hoteles de Miami se reproducen las veladas artísticas y literarias de los años anteriores a la televisión, se organizan bailes, bingos y juegos de mesa y los viejitos llegan cansados y hasta felices a la cama. Un ejército de médicos, dentistas, fisioterapeutas, masajistas y enfermeras desciende en invierno sobre las playas sureñas para hincarle el diente al sabroso cheque de Medicare de estos jubilados de oro que están obsesionados con morirse con buena salud. Sus hijos y sus nietos pierden la batalla por el cheque ante esta nueva industria de la tercera edad. Hasta los partidos políticos les cortejan. Acaba de morirse Claude Pepper, un diputado de Florida que se especializó en aprobar leyes en beneficio de los viejos y, como contrapartida, éstos son votantes fieles y acuden a las elecciones a dar su apoyo al legislador que les siga protegiendo. Ello es particularmente importanteen tiempos en que el escepticismo ciudadano por lo público, apenas se vota en Norteamérica, produce el que se salga elegido con muy poco porcentaje, -a Bush lo eligió el 30% del electorado-, de modo que en los días de elecciones, los jubilados se visten guapos y muchos suben a los autobuses fletados por los partidos para ir de votación y de picnic. Las iglesias tienen también una buena clientela de jubilados, incluso porque sus ministros son mayoritariamente viejos. Así, la construcción social de la tercera edad, en la sociedad contemporánea, se aparta de las pautas tradicionales. Las sociedades antiguas, de cultura cíclica y repetitiva, tenían lideres ancianos y estimaban el saber de la experiencia. Las modernas no saben qué hacer con sus viejos y han resuelto organizarles unas vacaciones permanentes en segregación generacional.