LIGAR EN AMERICA

ALBERTO MONCADA

Una reciente película norteamericana pone de relieve las dificultades que tienen los habitantes de las grandes ciudades para emparejarse. Las viejas estructuras de contacto, la familia extensa, las fiestas de barrio, los ritos religiosos, se achican en las macrodimensiones de la megalópolis y muchas madres se entristecen al ver cumplir años a sus hijas sin encontrar novio. En la película, la tía de la protagonista, una especie de celestina del judaísmo neoyorquino, no para hasta buscarle un candidato. Ni la chica, una intelectual empleada en una editorial, ni el candidato, un comerciante de hortalizas, aceptan el trato, pero, poco a poco, a impulsos del miedo a la soledad de ambos, el emparejamiento se consolida. Este tipo de dificultades ha dado un nuevo impulso al oficio de "matchmaker",gente que se dedica a juntar candidatos al matrimonio, y en la empresarial y solitaria Norteamérica, el negocio parece estar boyante.Los anuncios en periódicos y revistas-El New York Review of Books tiene una sección especialmente dirigida a profesores y demás consumidores de libros- complementan la actividad de las agencias matrimoniales. Un signo de nuestra americanización es que parece que en España empieza a desarrollarse esta actividad, tan aparentemente ajena al romanticismo y al enamoramiento bilateral que, primero la cultura burguesa europea, afirmando la libertades individuales, y después, Hollywood,la suministradora universal de sueños, impuso en un país donde, como en tantos otros, casarse era sobre todo un asunto de familia. Pero lo que todavía sigue siendo casi exclusivamente norteamericano es la utilización de detectives para comprobar las credenciales de los candidatos. Algún padre escrupuloso, incluso alguna chica recelosa, han averiguado de esta manera que las aseveraciones de los hombres, sobre sus carreras, sobre su economía, eran puro farol y, hasta en algún caso, se ha descubierto a hombres casados haciendo de solteros.

Por eso, y por otras circunstancias, la moda ahora es salir mucho a hablar. "La cosa está dura-comenta un joven ejecutivo- Te pasas la vida invitando a las chicas a cenar, al cine,y, con el cuento de que hay que conocerse, da la impresión de que tienes que llevar el curriculum incorporado. Para colmo, ya no es como antes, y no metes mano ni con dos copas". Las chicas lo explican a su manera. Después de una generación de más o menos amor libre y promiscuidad, han echado las cuentas y no salen. "Antes, sobre todo cuando las cosas iban en serio -declaraba una a un periodista- dabas algo para conseguir algo. Pero cuando los tíos no se enganchan y creen que tienen todos los derechos, casi trae más cuenta ir de estrecha, al menos con los listos".

Ahora hay un nuevo telón de fondo, que lo complica todo, y es el miedo al SIDA. La gente, y no sólo las mujeres, tiene más cuidado y muchos, con esa obsesión por la salud y ese lavado de cerebro colectivo, tan propios de los estadounidenses, han renunciado al sexo que no sea supercontrolado. El divorcio garantiza la monogamia sucesiva e incluso ligar con casados parece más seguro. Algunos Estados llegaron incluso a exigir un certificado médico para casarse pero el último, Illinois, lo acaba de suprimir porque las parejas, que parecen preferir la investigación privada a la pública, se iban a casar a otros Estados, con la consiguiente reducción para la industria local. El SIDA ha hecho estragos en el sexo mercenario, con un alto índice de drogadictas y hasta el "Escort service" de lujo, el polvo de hotel para ejecutivos, impone ya el preservativo.

Como contrapartida,surgen nuevos negocios para el placer solitario, recientemente festejado en un libro feminista. Hay un creciente consumo del teléfono para poner cachondos a los hombres a mil pesetas la llamada y se generalizan esas cabinas donde, a través del cristal, una chica se contorsiona para tí. Contradiciendo el tradicional machismo de esos recursos, crecen también los "strip tease" de chicos, donde señoras de toda edad y condición pasan un buen rato y guardan en su imaginación los encantos de los Adonis que se exhiben, para ulterior consumo solitario, o al menos eso confiesan algunas.