LOS PLACERES CARNALES

ALBERTO MONCADA

Se me había olvidado que Madrid es ya un Nueva York hispano cuando, al caer la tarde otoñal sobre un barrio de clase media emergente, un "esquinero" joven me dio una octavilla de propaganda. "Masaje, bar, relax y compañía femenina" rezaba su encabezamiento. Como disponía de un par de horas tontas, "las horas malas de los chicos buenos", nos decían los jesuitas en aquellas sabatinas de jóvenes congregantes, dirigí mis pasos a las señas del anuncio. Era un piso bajo de un edificio de apartamentos, cuya entrada, medio hall medio sala de estar, estaba suavemente iluminado por unos apliques de bombillas azules. A su luz, sentada en una especie de mesa de "boudoir", una señora de media edad, elegantemente vestida, llamaba tu atención y te entregaba una especie de menú de los diferentes servicios. Tomarse una copa y mariposear por el bar adjunto, donde podías engancharte con unas cuantas señoritas era lo más barato. Me decidí por la combinación masaje-relax, un servicio que se dispensa en cubículos enmoquetados, y también a media luz, en el piso de arriba. Mi masajista tardó como quince minutos en frotarme el cuerpo con unos aceites olorosos, mientras hablábamos del "stress" de la vida moderna. Era una chica joven, vestida con blusa y pantalón corto y ni por su aspecto ni por su conversación se podían deducir especiales talantes o talentos. Para mí que había estudiado por lo menos el bachiller. Hacia el final del masaje, ya con más confianza, le pregunté, con mi sonrisa más maliciosa, en qué consistía el relax y me contestó que eso dependía de mis deseos y que, si me apetecía un poco de "trajín", la tarifa se doblaba. Su planteamiento era una mezcla de simpático ofrecimiento y calculada distancia y, poco animado, le repliqué que le cambiaba el "relax-trajín" por unos minutos de conversación relajada. "Eso es gratis", me contestó y durante un cuarto de hora comentamos la soledad de la gran ciudad, las dificultades del ligue en la época del SIDA y la posibilidad de que me diera su teléfono para ulteriores contactos, más personales. "Yo -me excusé- soy un poco antiguo y me corto en los primeros contactos. Para disfrutar, prefiero que nos conozcamos un poco mejor antes". Aceptó la chica mi plan sin mayores comentarios, me aceptó también un gintonic en la barra y, con su teléfono en el bolsillo, supongo que lo es porque aún no la he llamado, me incorporé de nuevo al tráfico madrileño. Creo que es la tercera vez que he entrado en uno de esos establecimientos, -la primera en España- y siempre saco la impresión de que las mujeres tienen el privilegio, o la mala suerte, de que, mientras las cosas sean como son, siempre habrá un mercado carnal para varones en celo, en donde pueden conseguir unas pesetas, además de las "profesionales", las solteras o casadas que necesiten un "plus" de ingresos. Las dos veces anteriores, en América, me tocaron dos casadas a la busca de ese "plus".

En Estados Unidos, el sexo tiene esa fascinación propia de un país protestante que nunca ha visto con buenos ojos la vieja tradición europea del adulterio. Por eso, el comercio carnal ha tenido tanta importancia y se ha incorporado decididamente a la estructura del capitalismo en un país cuya emigración es mayoritariamente de varones. Una de las historias más entretenidas del caso son esos barrios chinos, con sus luces rojas, que simbolizaban todo lo malo para el joven blanco virtuoso y que formaron parte, hasta hace muy poco, de la geografía urbana.  La fascinación por el barrio chino incluía curiosas historias sobre lo hábiles que eran aquellas extranjeras de ojos rasgados y lengua cantarina que hacían cosas que las blancas no sabían hacer. En realidad, aquellos barrios chinos fueron la solución, barata y un tanto sórdida, para aplacar las calenturas de los miles de trabajadores chinos que llegaron para construir los ferrocarriles.  Como los chinos no eran aceptados por las blancas ni las negras, importaron sus propias meretrices y las encerraron en esos cercados. Y la única novedad es que con ellas vino la vieja cultura del sexo oral desconocida por los anglosajones y hoy llena de prestigio a partir de las actividades de la señorita Lewinsky en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Se cuenta que viejas “madames” de California convencieron a muchas mexicanas para satisfacer las necesidades carnales del torrente varonil de buscadores de oro del siglo XIX. “You have a business between your legs”, tienes un negocio entre las piernas, les decían y desde entonces San Francisco es uno de los adelantados en ese comercio, ampliado a las ciudades fronterizas, Tijuana, El Paso, que visitan asiduamente miles de americanos, sobre todo militares de las bases asentadas en la zona. Es un precedente  de la deslocalización comercial de estos tiempos.

En un Congreso de Sociología, celebrado precisamente en San Francisco en 1974, los organizadores del grupo de sociología del sexo invitaron a hablar a una elegante “madame” de la ciudad quien nos explicó, la sala estaba llena, que el comercio carnal no iba mal en estos tiempos de mayor confraternización entre géneros porque siempre hay algún varón con prisa, sin tiempo para ligar y puso el ejemplo de los viajantes. Su charla llevaba el título: “El entrenamiento de las jóvenes prostitutas” y nos explicó como se consigue satisfacer a más clientes mediante el viejo truco chino. En la investigación que hice para mi último libro: “Aventuras extramaritales”(www.amazonbooks.com) descubrí que los principales consumidores de sexo mercenario en España son los jóvenes casados pudientes aunque sus mujeres practiquen con naturalidad la “fellatio”. Y es que la sexualidad masculina, cebada por la testosterona, es tan caótica como el resto de los impulsos básicos y, por ende, difícilmente domesticable.