MIAMI ESTADO POLICIA

ALBERTO MONCADA

En el Estado de la Florida y otros treinta y seis más, la noche está prohibida a los jóvenes. De las diez en adelante los menores de dieciocho años no pueden circular sólos y si lo hacen y la policía los coge, se pueden pasar la noche en comisaría hasta que sus padres los recojan. A la tercera vez son los padres los castigados. El toque de queda civil fue aprobado como reacción a la violencia urbana que se desató, primero entre “camellos” de la droga, luego entre bandas juveniles y, finalmente, entre éstos y los grupos vigilantistas. Con esa enorme facilidad que hay en este país para comprar armas de fuego, la noche americana era pródiga en disparos y en muertes inocentes de modo que el poder civil ha tirado por la calle de enmedio y ha decretado esa limitación de los derechos de los jóvenes que a muchos les parece excesiva. “Que mi padre me tenga que llevar y traer a las fiestas me parece un abuso y no siempre está de buen humor para hacerlo”. “Esto es un Estado policía”, se queja una amiga de Miami Beach, recién bachiller. Pero, curiosamente, el toque de queda goza de la simpatía general de la población urbana, salvo, naturalmente, la de los mismos policías. “Lo que nos faltaba, cuidar niños de noche”, protesta un viejo policía de la playa, harto de perseguir coches de jovencitos mientras, según él, otras cosas más graves están pasando en la noche urbana.

La preocupación por la población juvenil tiene un doble origen. Por una parte, existe la sensación de que los padres americanos por mucho que presuman de sus convicciones familiares, apenas se ocupan de sus hijos. El modelo vigente de vida -levantarse pronto, viaje, trabajo, viaje, televisión- impide prácticamente las relaciones familiares. Todo el mundo llega cansado a casa, los chicos tienen sus pandillas desde muy niños y van creciendo a su manera, con escasas intromisiones de los adultos. Sólo en las ocasiones en que se les cita al colegio por razones de disciplina escolar, se enfrentan seriamente los padres con la conducta de sus hijos aunque después tienden a olvidarse. Con el toque de queda la sociedad vuelve a encomendar a los padres esa responsabilidad primaria por el comportamiento de sus hijos, por lo menos de noche. Y esto casa muy bien con el nuevo puritanismo de la clase media, con esa reacción contra las libertades y las modas de los años sesenta. Toda una paradoja. Porque justamente los que en aquellos años quisieron romper la dependencia familiar y madurar por su cuenta son hoy esos padres negligentes, asustados por la conducta de sus retoños y por su impotencia al respecto. Y no sólo están asustados por la violencia. Según un reciente estudio, los directivos de los “Community Colleges” de Miami, algo así como una enseñanza universitaria de mínimo nivel, están pensando en poner exámenes de ingreso, algo que no ocurría hasta ahora porque cualquier bachiller podía entrar sin examen. ¿La razón?. Pues que la mayoría de los bachilleres no saben leer ni escribir lo suficiente como para sacar provecho de los estudios universitarios. Y es que la televisión quita muchas ganas de trabajar y los colegios e Institutos se están convirtiendo para muchos en una ocasión de hacer amigos y organizar actividades extracurriculares más que otra cosa.

La segunda razón es más preocupante. La edad criminal está descendiendo. La mayoría de los delitos los cometen menores de veinticinco años y los “camellos” de la droga son quinceañeros en su mayoría. El sistema judicial y el penitenciario no dan abasto para cumplir las nuevas tareas impuestas por un Congreso temeroso. Por lo pronto, es delito la mera posesión de cinco gramos de droga y por ello te puedes pasar unos años en la cárcel. La cárcel no es precisamente esa institución en la que tantos ponen su confianzacomo solución a los problemas sociales. Desde 1994 los programas de construcción de nuevas cárceles han sido los que más han crecido relativamente en el presupuesto federal. Pero las cárceles son escuelas de delincuencia, en ellas los jóvenes son objeto de una brutalización y de unas humillaciones que no olvidan fácilmente y que conforman su estilo de vida posterior. Quizás por saberlo, muchos jueces se niegan a encerrar a los menores por largos períodos y la consecuencia de todo ello es la persistencia de un fenómeno preocupante, la mayoría de los delitos son cometidos por gente que ha estado ya entre rejas. Pero cuando se repasa la naturaleza de esos delitos uno comprueba que más de la mitad están relacionados con el tráfico callejero de drogas o son pequeños robos. Fuera de la cárcel están los que cometen los grandes delitos financieros o industriales, entre otras razones porque tienen buenos abogados. Como en todas partes, la clase media americana está harta de la violencia callejera, de que les vandalicen el coche, de que les robeny no son tan proclives a un análisis másgeneral de las causas profundas de los problemas sociales ni siquiera a considerar la conveniencia de acabar con la prohibición del comercio de drogas que reduciría drásticamente el robo y la violencia, en opinión de la mayoría de los expertos. El tráfico de drogas ha ayudado al renacimiento del racismo antinegro porque la gran mayoría de los “camellos” son jóvenes de color que han descubierto en ese negocio la gran oportunidad de salir de la pobreza. El desempleo estructural, ese que forma parte del modelo económico vigente, afecta especialmente a los hombres negros que ya han nacido en condiciones familiares y escolares poco adecuadas para dar ese salto al mercado de trabajo que resulta cada vez más difícil en este país. De ahí el negocio de la droga, la pequeña delincuencia y de ahí la alta proporción de negros en las cárceles. Uno de cada cuatro negros menores de veinticinco años está en la cárcel o acaba de salir de ella.

El toque de queda afecta también más a los jóvenes negros simplemente porque su actividad mercantil se produce de noche y, en general, tienen coches peores que los blancos o no los tienen y resultan más fáciles de detener por la policía. El racismo blanco afecta de manera especial a la policía porque aunque va creciendo el número de negros y de mujeres en las fuerzas de seguridad todavía la mayoría, y sobre todo los mandos, son blancos, entre los cuales es frecuente encontrar al chulo, al prepotente, al hombre incapaz de conseguir otro empleo, cuyas faltas y abusos son frecuentemente ignorados u ocultados por sus compañeros y jefes. Acaba de conocerse en Miami un episodio en el cual un policía tuvo a su disposición toda una noche a un detenido negro, interrogándole sin asistencia de abogado y dejándole inconsciente a golpes.

“Para los negros América es un Estado policía”, explicaba hace unos días un abogado de color, especializado en atender este tipo de casos. Y si a eso se añade que el Congreso republicano está eliminando los programas de ayuda al desempleo y alivio de la pobreza, se entiende perfectamente esa aseveración. Porque como explicaba recientemente un sociólogo, hay dos Américas, cada vez másalejadas y desiguales, donde el color vuelve a ser la gran barrera social. Una ventaja tiene, sin embargo, el toque de queda. Han disminuido drásticamente los accidentes nocturnos y uno ya no se pega esos sustos de antes cuando un chaval te pasaba por la derecha a ciento ochenta conduciendo un coche deportivo con los altavoces a tope.