PARTICIPACION POLITICA E IDENTIDAD HISPANA

ALBERTO MONCADA

(Sociólogo. Profesor del Centro de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá de Henares, España)

La pregunta sería: Cuando los hispanos participan en las elecciones o intervienen de alguna otra forma en los procesos políticos norteamericanos, ¿están afirmando a la vez su identidad hispana?. O dicho de otra manera, al votar, al participar en política, ¿tienen alguna causa común?.

Esta pregunta formaba parte de los argumentos y contraargumentos de la militancia chicana de los años sesenta. Veinte, treinta años después, no está muy claro que esas preguntas tengan ni siquiera sentido. En aquellos años, radicales chicanos de Atzlán, gentes del movimiento de Chaves, del Teatro campesino, afirmaban, con la acción y con la palabra, en la calle y en los escenarios de la ficción, que la integración en el "mainstream" americano, que otros hispanos, defendían era impracticable e indeseable.

A partir de la participación hispana en la segunda guerra mundial, y al calor de los beneficios otorgados a los veteranos, había surgido el G.I. Forum, un movimiento de México americanos, orgullosos a la vez de su etnia y de su americanismo, que querían utilizar los cauces de la democracia americana para hacer progresar los intereses de sus gentes, en terrenos concretos como la educación, el bienestar, incluso la representación política. Pero los radicales pensaban que aquello era imposible. Que los anglos no tenían ningún interés en abandonar su actitud discriminatoria, su prepotencia, y que la única manera de defenderse era atacar, la acción revolucionaria. Eran tiempos en que la causa chicana se alineaba junto a otras de la contracultura de la época, los derechos civiles, las otras minorías. En la Costa Este, en Chicago, los Young Lords sostenían las mismas tesis para los puertorriqueños. Entre la acción revolucionaria y la reivindicación pacífica surgió incluso una tercera vía, la creación de un partido político étnico, el partido de la Raza Unida que, antes de disolverse por impotencia, consiguió algún que otro éxito en elecciones locales de Texas.

En los años noventa, las cosas están, por una parte, más claras y, por otra, más confusas. A casi nadie se le ocurre que sea posible una acción revolucionaria para cambiar las reglas de juego de la convivencia, aunque éstas sigan siendo discriminatorias, al menos en la práctica. Los líderes hispanos, y tantos de sus seguidores, especialmente los más ilustrados, unos por convencimiento y otros por resignación, creen que hay que usar el sistema para hacer avanzar sus causas y que éstas se reducen a reclamar la parte alícuota de democracia que les corresponde. La mayoría de los hispanos piensa, por ejemplo, que la defensa contra el "English only" no significa la lucha por el privilegio de hablar un idioma propio, sino la reivindicación pacífica de no ser privado del derecho a hablarlo. Las causas hispanas hoy son, o siguen siendo, las causas de los obreros, de las mujeres, de los pobres, de los emigrantes. Ello se traduce, por ejemplo, en que líderes de la vieja acción revolucionaria, como Rudi Acuña o Gorki González, trabajan hoy en causas laborales, cívicas, codo a codo con representantes de otros sectores de la población, igualmente deseosos de salir de la miseria o de la discriminación, y partidarios de que la democracia funcione no solo en los procesos políticos sino también en los escenarios civiles y laborales.

Pero en la Norteamérica de los años noventa hay también razones para la desesperanza y la inacción, las mismas que llevaron históricamente a los pobres, a los negros, a desconfiar de que la participación política sirva para mejorar su destino. Recientemente, Piven y Cloward, en su libro "Why americans don`t vote"(Pantheon Books,1988), han explicado la reacción del Establishment cuando, a finales del siglo XIX, los obreros intentaron resolver sus problemas laborales por vía política. Para precaver posibles riesgos, los dueños del aparato político diseñaron fórmulas de inhibición electoral, que tienen una indudable tradición norteamericana, y el resultado ha sido una evolución hacia la abstención, que en las últimas elecciones de 1988, ha supuesto el que la mitad de los electores potenciales no se han molestado en acudir a las urnas. Este proceso de desmovilización política es paralelo a las tendencias a la privatización del comportamiento, exacerbadas en la década conservadora, según la cual lo público es un asunto de pocos, es un pacto de notables que, en nombre del entramado de intereses corporativos y los pactos partidarios, deciden la marcha ordinaria de los asuntos de la república, protegen el sistema, cuidan de que éste no se modifique sustancialmente y organizan esas fórmulas maquilladas de ratificación popular, que son las elecciones dominadas por la televisión y el dinero. La reacción del pueblo es, básicamente, aceptar esa privatización y, pese a las protestas de tantos líderes, no votar o no apoyar las propuestas políticas de quienes apuestan por una modificación seria de las reglas del juego.

La situación hispana al respecto es desconsoladora. De los veintitantos millones de residentes, escasamente votan cinco millones. El 40 por ciento de los votantes potenciales no son ciudadanos, porque todavía no pueden o porque no quieren serlo.

Una gran cantidad son jóvenes, tradicionalmente más desafectos al sistema y unos cuantos millones se han americanizado tan profundamente que no se molestan en participar. Para colmo de males, en este año de 1990, el año del Censo, hay peores noticias. Los ciudadanos del país más informado e informatizado del mundo, por primera vez en su historia censal, no están rellenando los impresos, no están cumpliendo esa obligación cívica, hasta el punto de que los funcionarios correspondientes empiezan a estar asustados, y con razón, porque de la perfección del censo depende la justicia de la representación electoral, del reparto del dinero público. El asunto interesa especialmente a los pobres, a los hispanos, cuyos líderes diseñaron la operación "Make yourself count", "Hágase contar", que no parece haber despertado excesivo entusiasmo.

Para interpretar esta situación, hay diversas tesis. Los conservadores sostienen que la gran abstención electoral norteamericana se debe a que la gente está sustancialmente de acuerdo con la situación y que su abstención es una ratificación implícita de ella. Algunos expertos, por el contrario, ponen de relieve las dificultades técnicas a la votación, tales como el proceso de registro, la casi imposibilidad de derrotar al "incumbent", la abundancia de elecciones, su realización en día laborable, etc. y sostienen que, pese a todo, hay indicios de una reacción popular, por ejemplo el crecimiento de los "referenda" locales, contra este estado de cosas.

Pero hay una hipótesis antropológica que, pese a su debilidad conceptual, podría explicar, al menos en parte, el comportamiento electoral, incluso político, de los hispanos.

Se trata de la mentalidad del emigrante.

Pese a que ya hay millones de hispanos nacidos en Norteamérica, incluso hijos y nietos de ciudadanos hispanonorteamericanos, el recuerdo de la situación anterior influye en el comportamiento presente. El emigrante, por principio, está más interesado en hacerse un sitio en la sociedad a la que emigra, que en cuestionarla. El emigrante está muy ocupado en conseguir salir de la pobreza, en procurar para sus hijos los beneficios que él no tuvo y apenas tiene tiempo de pensar que la sociedad a la que arriba tiene excesivos trazos injustos. El emigrante incluso comprende la discriminación como una reacción nativa contra quien viene de fuera, quizás a quitarte tu empleo, -los últimos emigrados son con frecuencia los menos generosos con los recién llegados- y, como resumen de todo ello, el emigrante, sobre todo cuando triunfa, se convierte en un patriota sin reservas.

El emigrante, por estar tan ocupado en su ascenso, y dar prioridad a sus propios asuntos, devalúa instintivamente lo político. A él le han dicho que las cosas se consiguen con esfuerzo personal y para prosperar, prefiere utilizar, en vez de la política "strictu sensu", las tramas y las redes caciquiles que funcionan en su país de origen y que enseguida descubre en el de arribada. Así funcionó, por mucho tiempo, el clientelismo del partido demócrata respecto a los emigrantes, primero italianos e irlandeses, luego hispanos. El voto a cambio de empleo, de ayuda pública, incluso el voto por dinero, tiene una doble tradición norteamericana, los pobres y los emigrantes, situaciones tantas veces coincidentes.

De hecho, la política hispana de la Costa Este, del Medioeste, ha nacido así, en los círculos clientelistas del partido demócrata, en las oficinas del "welfare, con todos sus condicionantes, con todas sus miserias.

Pero el clientelismo demócrata de los hispanos está reduciéndose. Hasta hace muy poco, los demócratas daban por supuesto el voto hispano, en el Suroeste, en la Costa Este, en el Medioeste. En unos casos, porque el voto hispano era un voto obrero y el partido era cosa de trabajadores y liberales, de minorías y sindicalistas. En otros, porque la maquinaria política seguía funcionando a base de favores y había, hay, líderes hispanos, con cierta capacidad para garantizar el voto étnico. Pero las cosas están cambiando. Por lo pronto, el partido demócrata, incapaz de llevar un hombre a la Casa Blanca en las tres últimas ocasiones, y luchando contra las corrientes conservadoras, parece no estar en su mejor momento. Las incertidumbres y las perplejidades abruman adirectivos y votantes, incluyendo las relativas a las ventajas del clientelismo. Por otra parte, el partido republicano, sobre todo en el Suroeste, apela a las virtudes tradicionales de los mexico-americanos, a su sentido de la familia, para pedirles el voto en nombre de una política basada en los mismos valores. El partido republicano, en las últimas ocasiones, ha sabido gastar dinero y energía para llegar a los hispanos y ello se empieza a notar.

La modificación más importante de la perspectiva hispana se produce con la llegada de los cubanos y su progresiva implantación, especialmente en el sur de la Florida. Los cubanos exiliados se convierten en la clientela hispana por excelencia del partido republicano hasta llegar a conseguir para una cubana emigrada la nominación, y luego el triunfo en las elecciones para un puesto en el Congreso.

Que la identidad hispana no tiene ya, estas alturas de la historia norteamericana, una definición política concreta es algo asumido por muchos líderes, por muchos expertos. Incluso NALEO, la Asociación de políticos hispanos, confiesa estatutariamente su carácter no partidista, su aceptación de que hay, tiene que haber, hispanos en todas las afiliaciones, y, por supuesto, en los dos partidos. Y de la misma manera que, de acuerdo a la teoría tradicional, el idioma español, como el italiano o el alemán, se perderá en la tercera generación, o se convertirá en folklore doméstico, la identidad política hispana se irá reduciendo a una especie de clientelismo inmediato, explotado en beneficio de las maquinarias electorales correspondientes.

Sin embargo, y esta es la sustancia de mi tesis, o al menos de mi esperanza, hay razones para que esto no sea así, e incluso se puede avanzar una propuesta de identidad política hispana, basada no en temas internos sino en la peculiaridad continental.

La emigración hispana no lo es en el sentido tradicional. Un alto porcentaje de ella tiene que ver con la geografía y la historia; el Suroeste era español, mexicano, hace sólo siglo y medio y la frontera entre los Estados Unidos y México es más una región peculiar que una línea deseparación tajante. Los movimientos de población del sur al norte del Río Grande no tienen la irrevocabilidad de las otras emigraciones. Siguiendo pautas económicas, familiares, muchos hispanos van y vienen por la geografía imperial, rompiendo los esquemas teóricos. Los latinoamericanos, de toda condición, son conscientes del dominio eminente de los Estados Unidos sobre sus países y saben utilizarlo también en su propio beneficio. Lo que para unos es emigración para otros es simple cambio de residencia en la geografía imperial. La relación del sureño con el Norte no está hecha de legalismos sino de realidades. Los latinoamericanos, de cualquier condición, utilizan las tupidas redes familiares para una aventura biográfica, a la búsqueda de mejor trabajo y mejores condiciones, ahorran en dólares y muchos regresan a sus países para disfrutar del rendimiento de su estancia norteña. En el Norte encuentran otra versión, tanto de la americanización que permea su patria como de su propio casticismo. La economía norteamericana se ha acostumbrado también a ese ingreso temporal de mano de obra barata y ya no podría prescindir de ella sin graves quebrantos, dadas las características demográficas y culturales existentes.

Pero la relación política del Norte con el Sur continental sigue manteniendo una estructura de dominación excesiva. Norteamérica, por distintas razones, ha estado obsesionada con la ideología anticomunista y ésta, junto a los intereses que se benefician de ella, ha dictado la relación Norte Sur en términos Este Oeste. Militar y políticamente, económica y socialmente, el Sur del Imperio americano ha padecido ese estado de postración histórica inducida desde el Norte, con la complicidad de sus clases dirigentes, que está en la raíz de los movimientos de población hispana. Cuanto más dura es la actitud de los gestores del Imperio en relación a sus territorios sureños, más gente emigrará al Norte. Cuanto más tiempo cueste transformar las viejas "banana republics" de Centroamérica y el Caribe en regiones autosuficientes y democráticas, habrá más centroamericanos y caribeños en Los Angeles, en Miami, en Nueva York. La perspectiva actual induce al pesimismo. Da la impresión de que Washington, perdido el paradigma comunista para gestionar el sur continental, está buscando un paradigma policiaco, la lucha contra el narcotráfico, para mantener su dominio eminente en términos tradicionales. Y mientras el telón de acero europeo parece disolverse a fuerza de inversiones y comercio benevolente, en los que el propio capital americano quiere estar presente, no hay indicios de que la misma dinámica pueda implantarse en el Continente americano. Y aquí afirmo que la identidad solidaria, la particular vocación del hispano de los Estados Unidos debería consistir en afirmar su particular relación con sus primos latinoamericanos, tomando partido en los temas de la frontera, empujando a Washington hacia una postura de generosidad y apostando a que el Imperio se vaya transformando en una confederación continental de pueblos lo suficientemente prósperos comopara evitar que el viaje definitivo del Sur al Norte sea la única solución de tantos desheredados de la fortuna, víctimas de esa desintegración inducida, que hoy tiene apellidos salvadoreños o panameños. El que los hispanos estén de espaldas a los temas de política continental o que una parte de ellos, tantos cubano americanos maduros, sólo piensen en ellos en términos de agresividad, puede que sea una consecuencia de la condición de emigrante o del cercano exilio, pero dice poco respecto a la solidaridad con la familia que se dejó atrás, con los parientes sureños, cuyo bienestar depende de lo que se decida en el Norte.

Esa identidad política, la solidaridad continental,podría ser, al menos a corto y medio plazo, una fórmula de afirmación americana de cuantos hispanos quieren asumir la mejor tradición política de un país que, por la especial dinámica de su peculiar capitalismo, ha transformado su destino manifiesto de difundir los valores democráticos más allá de sus fronteras en una operación de escaso alcance en beneficio de un "Establishment militar industrial" que no termina de acomodarse al fin de la guerra fría. Protagonizar una versión continental del plan Marshall podría ser la vocación política, la identidad pública de cuantos hispanos sientan la necesidad de trascender sus estrictas metas internas, su participación en la sociedad de consumo norteamericana que, por otra parte, necesita ya otro impulso ético para salir de su egocentrismo narcisista.

(Las ideas de esta ponencia están entresacadas del libro: "Los hispanos en la política norteamericana", del que el ponente es autor, con Juan Olivas, y que ha publicadoen 1989 el Instituto de Cooperación Iberoamérica, de Madrid).