PAUSAS ESTIVALES

ALBERTO MONCADA

En una encuesta realizada en Francia, no hace muchos años, más de la mitad de los encuestados, trabajadores industriales, confesaban aburrirse bastante en las vacaciones estivales y desear la vuelta al trabajo, a sus rutinas de siempre. Afirmaban que, dentro de lo que cabe, las rutinas son mejor que el puro descanso, y aún mucho mejor que compartir con la familia una vida doméstica que ellos no estaban acostumbrados a soportar a tiempo completo. Y es que las vacaciones largas son algo a lo que sólo están habituados quienes tienen imaginación y medios suficientes para cambiar de actividad, para no quedarse quietos. A la gran mayoría de la población, para descansar de sus tareas cotidianas, le basta el acortamiento de la jornada y la semanada, producto de las nuevas convenciones laborales. Ocho horas de trabajo al día y casi dos días libres a la semana tienen suficiente ocio a lo largo del año para satisfacer las necesidades, reales o artificiales, de interrumpir las rutinas normales. Y por mucho que la gente odie el trabajo termina odiando aún másel no hacer nada. El entrenamiento para la vida, sobre todo en los hombres, no incluye todavía en nuestra cultura excesivas fórmulas para usar el tiempo libre. Esta es una de las principales razones de la preponderancia del ocio pasivo, los espectáculos o actividades fabricados en serie y, en particular, del éxito de la omnipresente televisión. La organización de la convivencia favorece el ocio pasivo, de modo que tantos veraneantes, salvo cambiar sus horas de sueño y el chapuzón o paseo diario, hacen en los días de vacaciones lo mismo que en el resto de los domingos del año. La pausa estival irrita también un poco porque te pone enfrente, de manera más descarnada que de ordinario, al aburrimiento, al "tedium vitae", que según los teólogos de la Edad Media, era un pecado capital. Daría la impresión de que, aunque nos quejemos mucho de que nuestras vidas sean presurosas, azacaneadas, no sabríamos comportarnos si se nos entregaran grandes trozos de tiempo libre. Esas expectativas de tener tiempo en vacaciones para hacer planes, para intentar cambiar de costumbres, para "encontrarme conmigo mismo" no dejan de ser más que vagas elucubraciones de cuarto de baño. Como bien sabemos por experiencia, uno no se encuentra a sí mismo más que en compañía de los demás, no existe ninguna personalidad ni biografía colgada del vacío y nuestras circunstancias delimitan nuestro comportamiento con más fuerza que nuestras determinaciones. Mudar de vida es algo para soñar, para rellenar unos momentos de viaje o para nutrir esas incertidumbres de la madrugada que, de vez en cuando, nos acaecen. Por eso, entre otras razones, le tememos a esas pausas estivales que introducen un cierto vacío conceptual en una vida que transcurre por donde suele, sin mayores sobresaltos y cuyas principales compensaciones, especialmente en la madurez, consiste en saborear el presente, saber sacarle partido a lo que se tiene.