REJAS

ALBERTO MONCADA

Casi sin darnos cuenta, los habitantes de las ciudades nos estamos acostumbrando a vivir entre rejas. Primero en las viviendas. Los fabricantes de cerrojos y blindajes están haciendo su agosto a base de ese encierro que nos recetamos como reacción a la inseguridad ciudadana. Nuestras casas, nuestros pisos son cárceles voluntarias donde, a poco que nos apriete la propaganda, ponemos cerraduras de seguridad de cuyas llaves y goznes especiales llevamos hoy llenos los bolsillos. La sustitución de los porteros humanos por los automáticos juega también a favor de las rejas, lo mismo que esos aparcamientos subterráneos en donde se producen continuamente, según nos cuentan vecinos y comadres, violaciones, robos y asaltos. Nuestros hijos se crían en ese ambiente y aprenden pronto las reglas del juego porque también los colegios están enrejados.

Pero las rejas se extienden por toda la ciudad. Los bancos tienen esas puertas de difícil acceso, de doble recinto, en donde tantos jubilados, tantos rústicos, tienen que cursar la nueva asignatura de las entradas electrónicas. En tiendas y supermercados, en cines y discotecas, puedes hoy quedar atrapado por sistemas de seguridad que protegen de los ladrones y de los que se cuelan, con saldos a veces inhumanos y mortíferos.

Hoy ya no resulta agradable visitar las burocracias. Tanto las públicas como las privadas poseen fórmulas de identificación que impiden aquel tráfico amable de otros tiempos, donde nos conocíamos mejor. Quizás así, bien encerrados, bien protegidos de visitas espontáneas, trabajen mejor los funcionarios, pero a algunos que yo conozco se les ha desarrollado un síndrome carcelario, que se agudiza con el buen tiempo. Hasta los periódicos, a los que antes íbamos de tertulia o cotilleo, poseen encerramientos y protecciones contra terrorismos y animadversiones que desaniman nuestra tradición mediterránea. Pero lo más curioso es lo dócilmente que hemos aceptado la nueva situación. Persuadidos de que, en cualquier momento, un etarra enfurecido o un drogata con el mono pueden quebrar nuestra convivencia, nos identificamos, entregamos el dni, aguantamos las demoras y los encerramientos con el mismo espíritu de mansedumbre y conformismo con el que soportamos nuestras humillaciones ante las colas y otras prepotencias de los poderosos. Incluso vemos como símbolo de "status", de éxito, esos guardaespaldas de que van provistos los que mandan, en sus idas y venidas. El espectro del castillo roquero de Kafka o el de la Granja feliz de Huxley asedian a tantos ciudadanos asustados, dispuestos a restringir sus libertades y a otorgar poderes de emergencia al "Big brother" de turno. Este Estado policía nos quiere caseros y encerrados, dispuestos, eso sí, a abrir nuestras puertas, o a dejar que las echen abajo cuantos agentes del orden quieran inspeccionarnos en el ejercicio del síndrome Corcuera. Sólo para combatir esos estragos valdría la pena legalizar la droga y reconocer la independencia del país vasco.