PARA UNA SOCIOLOGIA DE LA IGLESIA CATOLICA

ALBERTO MONCADA

(EL SIGLO, nº 636, 14-17 Febrero 2005)

La Iglesia católica entra en el siglo XXI prácticamente dividida en dos. Hay una Iglesia, que podríamos llamar el Vaticano, una organización de fines múltiples gestionada por una burocracia eclesiástica de carácter piramidal, que sofocó en los años sesenta el intento representado por el Concilio Vaticano II de acomodar su estructura, sus funciones y su doctrina a la ciencia y la sociedad contemporáneas.

Por otro lado nos encontramos con una red informal de clérigos y laicos, algún obispo, nacida en los afanes misioneros del Tercer Mundo y que defiende la idea de una Iglesia preferentemente comprometida a favor de los desamparados de la tierra. Son comunidades de base, movimientos como Cristianos para el socialismo y su doctrina se concreta en la Teología de la Liberación.

El Vaticano controla los nombramientos eclesiásticos y se atribuye la única legitimidad para hablar en nombre del Fundador, algo que los grupos de la Liberación, tachados por Roma de marxistas o herejes, consideran que encadena la fe católica al conservadurismo político, económico y social. Ambas facciones proclaman su vocación de influir en la sociedad a partir del Evangelio. El Vaticano pretende la confesionalidad de los Estados donde tiene mayoría de fieles y un status de “lobby” privilegiado donde no la tiene. Los grupos de la Liberación favorecen la intervención pública a favor de la justicia y a veces se comprometen con movimientos revolucionarios.

Cuando el Vaticano no puede imponer su moral oficial reclama la interpretación auténtica de la moral natural y se aplica con particular empeño a influir en las políticas familiares y sexuales, tratando de convencer a sus fieles de que voten a partidos confesionales o conservadores, tipo democracia cristiana, hoy populares, en Europa.

Las doctrinas familiares y sexuales del Vaticano no son precisamente las más aceptadas por las nuevas generaciones de católicos. Muchos moralistas insisten en que el Vaticano eleva su voz en esos temas mientras la ha atenuado o ha callado ante injusticias, latrocinios y abusos de poder cuando no ha bendecido a personajes como Franco y Pinochet. Subrayan especialmente que el Vaticano condena al sufrimiento y la muertea miles de madres y niños pobres cuando sostiene que todo coito debe ser fecundo o tender a serlo y que el feto tiene los mismos derechos que el nacido. Es la maternidad como castigopara la libre sexualidad femenina. Igualmente se califica de inhumanala actitud del Vaticano respecto al sida prefiriendo que la gente se infecte y transmita la infección al feto a que se usen condones.

Pero esa actividad pública de las dos Iglesias contrapuestas tiene cada vez menos influencia. Hoy son movimientos ciudadanos, laicos, los que hacen la crítica moral de los excesos de la globalización o del militarismo americano. La gran cuestión moral de nuestro tiempo, el respeto a los derechos humanos, convertida en Declaración Universal por la ONU en 1948, tiene detrás de sí muy poca tradición religiosa y, menos, eclesiástica. De hecho, la jerarquía no termina de encontrarse cómoda con un sistema político, la democracia, que condenaba hace menos de un siglo.

Las aventuras morales de nuestro tiempo apenas tienen protagonistas eclesiásticos. Las ONGs son fundamentalmente laicas, sustituyen a las caridades y misericordias nacidas con el colonialismo y tratan de remediar las carencias y deficiencias del sistema internacional de remedio de las desigualdades sin implicaciones ideológicas.

En el terreno en el que el Vaticano reclama mayor protagonismo, la educación de los menores, se aprecian cada vez más sus problemas internos. El Vaticano apenas tiene personal para asumir la enseñanza de la religión católica en los colegios, públicos o privados, donde la exige. Debido a la escasezde clero, frailes y monjas, y su creciente envejecimiento, los obispos contratan personal laico que no siempre comulga con los criterios pedagógicos de sus empleadores y que tiene, como la mayoría de los trabajadores contemporáneos, contratos escasamente respetuosos con sus derechos laborales y profesionales. Por otra parte, esos profesores se enfrentan con un alumnado cuya paralela educación científica les hace incapaces de entender verdades de la fe como la transustanciación y otros fenómenos trascendentes que la doctrina oficial obliga a aceptar como realidades físicas y no simbólicas como hacen los protestantes.

La estadística religiosa muestra que el catolicismo se mantiene vegetativamente en los países donde es costumbreque las familias elijan ceremonias católicas como ritos de paso en el nacimiento, casamiento y muerte. Pero ello no garantiza que los bautizados se mantengan fieles. De hecho, su agnosticismo creciente es fruto de la mayor escolarización e ilustración de las nuevas generaciones sin que ello signifique un repudio formal de la religión o un ateísmo militante.

En cierto sentido, al catolicismo le empieza a ocurrir lo que he llamado en mi libro,“Religión a la carta” (Espasa Calpe, 1997) caracterizada porquelas personas interesadas o acostumbradas a practicar o creer en algo trascendente, eligen parte de su tradición o de otras para confeccionar su propio menú. Hay católicos que creen en el cielo pero no en el infierno. Hay católicas que van a misa y se casan por la Iglesia pero usan preservativos o interrumpen sus embarazos. Hoy existe en el mundo occidental una gran oferta de creencias y ritos para los que desean o necesitan la trascendencia. Las tradiciones orientales y africanas se amalgaman con las occidentales, “gurus” de diverso pelaje hacen la competencia a los sacerdotes y la meditación trascendental se acercaa la mística en busca de un Absoluto sin Dios personal.

Es la segunda etapa en la personalización de la religión. La primera fue el protestantismo con el repudio del intermediario entre Dios y la conciencia y del “cuius regio ejus religio”. Hoy el liberalismo económico y la democracia hacen al individuo más protagonista de su religión. Ello no garantiza necesariamente la privacidad y el intimismo porque nuevos grupos populistas encarnan la necesidad de pertenecer que se vehicula a través de la religión. Hay movimientos cristianosde diferentes ideologías y estructuras, nacidos principalmente en Iberoamérica, unos más espontáneos, otros más jerárquicos, algunos muy valorados por el Vaticano que los prefiere a las clientelas más educadas. Los movimientos populistas, en el catolicismo y en el protestantismo, son fáciles aliados de la derecha política y aún de la extrema derecha y en las últimas elecciones americanas, han contribuido decisivamente al triunfo de Bush.

Mientras tanto, el Vaticano se esfuerza en acomodar su acción a sus escaseces económicas y de personal y en apagar los fuegos de la crítica cuyo último capítulo ha sido la condena criminal de clérigos, frailes y monjas pederastas que han estado protegidos por el silencio y la inacción de sus jefes hasta que la justicia civil ha intervenido.

La costumbre ancestral de que el Papa se muera siéndolo no contiene una formula reglada de gobierno para el caso de incapacidad progresiva. Como consecuencia, se repite hoy esa situación en que un reducido número de hombres controla los resortes del poder. Según los expertos vaticanistas se trata de cuatro personas, los cardenales Sedano y Herranz, próximos al Opus Dei, el cardenal Ratzinger y el secretario del Papa, el arzobispo polaco, Stanislaw Dziwisz. A ellos se debe el diseño de una neopolitización de la agenda vaticana, que se acaba de pronunciar abruptamente contra las reformas legislativas del gobierno español en un intento de recuperar la confesionalidad de Estados que la están perdiendo. Este mismo grupo prepara un Conclave en el que sea elegido un Papa parecido al actual, algo más que probable dada la cantidad de cardenales de su cuerda que Juan Pablo II ha nombrado durante su largo reinado.

Alberto Moncada es presidente de Sociólogos sin fronteras