LOS DERECHOS HUMANOS EN EL MEDITERRÁNEO
ALBERTO MONCADA

La Declaración universal de Derechos Humanos, cuyo sesenta aniversario celebramos este mes, marca un antes y un después en la calidad de la convivencia humana. Que la sociedad te considere persona con plenitud de derechos, con independencia de tu raza, género o clase social es todavía una meta de lenta adquisición pero hay que considerar de donde venimos, cuales han sido las civilizaciones anteriores, para darnos cuenta de que, desde 1948, las cosas han experimentado un cambio radical. Por hablar del mundo occidental, la cultura grecolatina separaba perfectamente a libres de esclavos, a nobles de plebeyos. Los primeros eran ciudadanos, “cives”, con plenitud de derechos, mientras que los segundos podían ser comprados. Incluso la religión cristiana reconocía la posibilidad de la esclavitud aunque aconsejaba tratarlos bien pero a modo de condescendencia no de obligación legal. La figura del liberto, un esclavo liberado de su yugo, no alcanzaba la plenitud de derechos. El mundo feudal mantenía la división entre señores y vasallos, entre dueños y “siervos de la gleba” y las relaciones personales se basaban en un pacto recíproco de protección vasallaje, donde el amo cuidaba del vasallo pero sobre la base de su sujeción. Esta sujeción llegaba al derecho de pernada del amo, acostarse con la novia antes que el novio, como símbolo de predominio. El crecimiento de la cultura urbana, “la ciudad es el reino de la libertad”, según el Dante, fue creando un espacio liberado de los sometimientos del agro donde los dueños ejercían un derecho eminente sobre los demás y los campesinos, además de trabajar, podían ser obligados a guerrear para sus señores. La ciudad, bajo el impulso del comercio, crea derechos individuales e impide las prepotencias rurales. El Descubrimiento de América pone sobre la mesa de los ideólogos, especialmente teólogos, si los indios eran personas. La discusión se parecía a la que se produjo en la teología medieval sobre si la mujer tenía la misma alma que el hombre o era un ser inferior. No hubo acuerdo y por siglos los indios fueron apresados y obligados a trabajar gratuitamente hasta que el empeño de Fray Bartolomé de las Casas remedió esa política aun al precio de sustituir a los indios por esclavos negros traídos de Africa, que fue el gran negocio de las colonias, tanto españolas como inglesas. La esclavitud duró prácticamente hasta la mitad del siglo diecinueve, fue razón importante para la guerra civil americana y su abolición marcó el inicio de la era que iba a consolidarse un siglo después, con la Declaración Universal. Esta fue un fruto de la postguerra en la segunda contienda mundial. La descolonización acompañó un movimiento de reivindicación universal de derechos individuales que se fue reflejando en las nuevas naciones y el “Bill of Rights”, la Declaración de Derechos, figuró en las nuevas Constituciones, como elemento esencial. Un corolario de la nueva mentalidad fue la lucha contra la discriminación y el suelo americano presenció las luchas para que las mujeres y los negros tuvieran acceso al voto y a la igualdad formal. Paralelamente creció el apoyo internacional a los derechos humanitarios, tanto en tiempo de paz como de guerra como la prohibición de la tortura, del ataque a las poblaciones civiles en las contiendas, la defensa de un trato digno a los prisioneros, la supresión de la pena de muerte. Pero los derechos políticos no han sido acompañados todavía por los económicos y culturales. Hay una tercera generación de derechos humanos que tiene que ver con el derecho a la salud, a la educación, a la vivienda, al empleo, que todavía no se reconoce más que formalmente. El derecho al aire limpio, al agua potable, de la que tantos millones de personas carecen hasta convertirse en la causa primera de muerte de los niños pobres, forma parte de esa reivindicación por una cultura sostenible, que respete el medio ambiente y frene el cambio climático. La Humanidad es la principal especie depredadora de un planeta que tiene una población excesiva para sus recursos. Hace cincuenta años había tres mil millones de personas, hoy hay seis y medio y los naciones emergentes, China, India, ansían los mismos consumos del Occidente. Gestionar esas grandes contradicciones tiene un gran enemigo y es, sin duda, la prevalencia del sistema capitalista que concede al mercado la capacidad de distribuir los bienes y derechos de base económica e impide una regeneración de la actividad económica. Al tiempo que la Declaración Universal surgió el Estado bienestar, un modo de compensar las desigualdades y las carencias del capitalismo con una acción pública para que las personas tengan acceso a esos bienes y derechos, a esa nueva cultura sostenible pero la nueva mentalidad neoconservadora se ha opuesto en los últimos veinte años, con su teoría del Estado mínimo, con la evasión fiscal creciente, a que la sociedad se defienda del dominio del poder económico sin freno. Algo parecido ocurre con los bienes culturales, la diversidad de lenguas y costumbres que corren peligro de desaparición por un uniformismo al que la Unesco se ha opuesto vigorosamente. El gran tema del Mediterráneo es el derecho a la emigración que se va dificultando progresivamente en la medida en que los emigrantes solo pueden quedarse en los países de acogida si tienen un contrato de trabajo. Y ello, con la crisis laboral mundial existente, es casi inalcanzable. El tema de la emigración prefigura la distinta situación de los Derechos Humanos en el Mediterráneo. En su costa Norte existe un razonable reconocimiento de ellos, dentro de una convivencia democrática. En su costa Sur hay graves carencias que suelen acompañar a los regímenes dictatoriales. Desde que llegó a España el primer cayuco, han muerto más de quince mil personas en su peligroso viaje por el mar. La globalización es el nuevo capítulo de la historia y en ella esperamos asistir a un reconocimiento de los derechos de las personas por encima de las fronteras y una protección social que los haga dignos de sentirse parte de la comunidad. Hará falta también una autoridad internacional que ponga freno a la codicia y la incompetencia del poder económico, uno de cuyos sectores, el financiero, está causando males que afectan mucho más a los menos responsables de ellos. Con motivo del aniversario de la Declaración Universal, se hace necesario retomar la utopía de la Ilustración por un mundo mejor donde imperen la libertad, la igualdad y la solidaridad sin los que la democracia no es plena Alberto Moncada es presidente de Sociólogos sin fronteras Internacional y emérito del Centro Unesco Valencia